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Full text of "La Enemiga, comedia dramatica en tres actos;"

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LA ENEMIGA 



Es propiedad. 
Queda hecho el depó- 
sito que marca la Ley. 



I?íP. »» V. Rico. — Pasko dkl Prabo, 28. — MADRID 



>e4Se 



LA ENEMIGA 



COMEDÍA DRAiMÁTICA EX TRES ACTOS 



ORIGhXAl. DE 



DARÍO NICODEMl 



TRADUCCIÓN CA^riXLA.VA DE 



EDUARDO MARQUINA 







BIBLIOTECA HISPANIA 

CID, 4. — MADRID 



PERSONAJES 



ANA DE BERNOIS, Duquesa de Nièvres. 

LA CONDESA DE BERNOÍS, su madre. 

MARTA REGNAULT. 

FLORENCIA LUMB. 

LUISA. 

MARÍA 

.MARGARITA. 

ROBERTO. 

GASTÓN. 

REGNAULT. ' 

EL OBISPO MONSEÑOR GUIDO DE BERNOIS. 

LORD MIGUEL LUMB. 

GERARDO, mayordomo. 

Época actual. 

En el Castillo de Nièvres a 70 kilómetros de París. 

El primer acto, en la terraza. El segundo en un 
salón. El tercero en el oratorio. 



ACTO PRIMERO 



La terraza del castillo de Xièvres, que domina el parque. Sobre- 
saliendo entre los otros árboles, se destacan unas ha3'as gigan- 
tescas. La balaus;r.;da de mármol que limita la terraza se 
abre, al fondo, en amplia escalinata que desciende al parque. 
Sobre la balaustrada, una serie de grandes jarrones rebosantes 
de follaje y flores. A derecha e izquierda, los primeros pelda- 
ños de la doble escalinata que conduce por ambos lados a las 
habitaciones del castillo. En primer término, a la izquierda, 
una chaisse-longtie, una mesita redonda y un sillón. A la dere- 
cha otra agrupación de muebles de jardín. 



ESCENA PRIMERA 



FLOR E N C I A J GASTO X 



Al levantarse la cortina, Flo- 
rencia, recostada en los almo- 
hadones de la diaissc-loíigne, 
duerme pacíficamente. Por el 
suelo, el libro y la labor de 
bordado en qué , alterna tiva- 
menle debió entretenerse. Al 
cabo de unos instatites de si- 
lencio, Gastón, juvenilmente 
elegante en su traje de caza, 
viene del parque, \iendo a la 
muchachita dormida, deja su 
escopeta contra el barandal, 
arranca unas flores de un ja- 
rrón, se acerca mu^- callandito 
a la durmiente y empieza « 
hacerle cosquillas en el rostro 
con las flores. Después de algu- 
nos gestos de perezosa incomo- 
didad, Florencia se despierta. 



GASTÓN 



Tapándole los ojos con las 
manos. 



[Cuál de los dos?... En seje:"aida. 



n — DARÍO NICODEMI 



FLORENCIA 

¡Oh!... 

GASTÓN 

En seg:nicìa: ;cuál de los dos hermanos? 

FLORENCIA 

Ya que me ha despertado, el menos inteli- 
g-ente. 

GASTÓN 

¡Exacto! Acertó usted... Buenos días, miss 
Fio... Mejor dicho, buenas noches. 

FLORENCIA 

;Cómo?... {Es tan tarde- 

GASTÓN 

Dentro de un cuarto de hora, la comida. 

FLORENCIA 

¡No es posible!... Corro a vestirme. 



LA ENEMIGA — / 



GASTÓN 

No corra usted. Me he equivocado. De una 
hora. Puede usted seguir durmiendo. Dormida 
parecía usted un ángel plegadito de alas. 

FLORENCIA 

Y despierta, ¿qué parezco? 

GASTÓN 

Un inglés, que ha dormido demasiado. 

FLOREXCL-\ 

Pues debo estar horrible; no me mire usted... 
Cuente usted: ¿qué tal ha ido la caza? 

GASTÓN 

Estupenda. Una gallina, que aplastó mi au- 
tomóvil. Y algo más, espere usted: esta admi- 
rable mariposa. 

Abre su cartera para que 
Florencia la vea. 

FLORENCL\ 

Tiene usted razón: es admirable. 



S — DARÍO NICODlìMI 

GASTÓN 

Y es SU retrato de usted. 

FLORENCIA 

¿Mi retrato? 

GASTÓN 

Ni más ni menos. Mire usted^ y vaya usted 
siguiéndome. Aquí, el azul divino de sus ojos. 

Ff.ORENCIA 

Eso es. 

GASTÓN 

Aquí, el oro deslumbrante de sus cabellos. 

FLORENCIA 

Idéntico. 

GASTÓN 

Aquí, el sonrosado angelical de su carita... 
Debajo, el coral increíble de sus labios... 

FLORENCIA 

Para engañar a cualquiera... 



LA ENEMIGA —9 



GA STOX 



rA'erdad?... Y por fin. la blancura inmacula- 
da de su modestia. 



FLOREXXIA 

No la toque usted; se mancharía... ¿nada 
más? 

GASTÓN 

Ahora empiezan las semejanzas morales. 

FLORENCIA 

Pues esas las oirán los almohadones. 

GASTÓN 

Reteniéndola. 

No se va3^a usted. 

FL0RENCL\ 

Es usted inS(jportable. 

GASTÓN 

¡Júrelo usted! 



10 — DARÍO MCODEMl 

FLORENCIA 

¡Lo juro! 

GASTÓN 

rSí? Pues SO}' \'o el que se va. 

FLORENCIA 

Bien hecho. Y acicálese usted, porque me 
han dicho que Marta Regnault come esta no- 
che con nosotros. 

GASTÓN 

Entonces le toca a mi hermano embellecerse. 

FLORENCIA 

¿Pero dónde está Roberto? 

GASTÓN 

En París, desde esta mafíana. 

FLORENCIA 

Me parece que va a París con mucha fre- 
cuencia. 



LA ENEMIGA— 11 
GASTÓN 

;Está usted celosa por casualidad? 

FLOREXCIA 

Por casualidad, ¿está usted loco? 

GASTÓN 

No tanto... Pero es que hay síntomas infali- 
bles. En cuanto se habla de Roberto— de nues- 
tro joven y querido duque, como diría Reg- 
naulc— su voz de usted se apaga y sus ojos se 
iluminan. 

FLORENCIA 

Le prohibo a usted decirme impertinencias. 

GASTÓN 

¿Por qué se enfada usted, pérfida Albión? 

FLORENCIA 

Porque detesto las insinuaciones. Cuando 
exista algo oficial entre Roberto y yo, o entre 
usted 3' yo, o entre otro cualquiera y mi perso- 
na, seré yo la primera en publicarlo a gritos, a 
los cuatro vientos. No olvide usted que la ma- 
yor perfidia de Albión es su franqueza . 



12— DARÍO NlCODEklI 



GASTÓN 



Sí; SU franqueza, en lo oíicial. Pero en lo que 
no lo es... 



FLORENCIA 

Lo que no es oíicial, no existe. Y usted ¿poi- 
qué tiene celos de su liermano? 

GASTÓN 

Porque usted le quiere. 

FLORENCIA 

No escucho una palabra más. 

GASTÓN 

Aguárdese usted... Y sea usted franca... has- 
ta para lo que no es oíicial. Vamos a ver: si no 
está usted enamorada de Roberto, ¿por qué me 
prohibe usted que trate de agradarla? Aguár- 
dese usted: si no hay una causa, ¿por qué 
agrandar insensible, pero continuamente, esta 
distancia que usted ha querido establecer entre 
nosotros dos? Respóndame usted. Vo la conozco 
a usted lo bastante para estar seguro de que 
ni el título ni las riquezas, la deslumhran en mi 
hermano. 



LA ENEMIGA — 13 



FLORENCIA 

Por lo men-'S me hace iisLcd justicia; muchas 
í^racias. 

GASTÓN' 

Entonces, {p'T qué todo para él y nada para 
mí? Yo creo que ser el más pequeño, ni es deli- 
to, ni se puede echar en cara. Yo no soy res- 
ponsable... 

florp:ncl^ 
Ya asomó la manía de persecución. 

GASTÓN 

No, y usted lo sabe. No me persiguen: es 
peor, me olvidan. 

florencla 

Usted es quien olvida que su madre, la auto- 
ridad suprema de la casa, no piensa más que 
en usted; no adora ciegamenle a nadie más que 
a usted. 

GASTÓN 

Mamá... sí, es verdad. Pero los demás, todos 
los demás ¿no deliran por Roberto? 



14 — DARÍO NICÜDE.MI 

FLORENCIA 

Los demás, empezando por usted. 

(ÍASTÓN 

¡Naturalmente! Empezando por mí. Estoy 
contento de ser su hermano y orgulloso de ser 
su amigo; porque no creo que exista en el mun- 
do un ser más delicado, ni más fuerte; más se- 
ductor, ni más bueno. 

FLORENCIA 

Con involuntario abandono. 

¿Verdad?... 

GASTÓN 

';Lo ve usted? 

FLORENCIA 

Pero... 

GASTÓN 

Por caridad, hábleme usted lealmente; díga- 
me usted que le quiere. Ahora mismo, en el 



LA ENEMIGA — 15 

acto; dígamelo. Tal vez aún llego a tiempo de 
procurarme la fuerza de resignación que nece- 
sito. No prolongue usted este juego peligroso. 
;Pero no ve usted, no comprende usted que sa- 
biéndola libre, creyéndola libre, un día u otro, 
no podré resistirme al deseo loco de gritarle 
a usted que la... 



FLORENCLA. 

¡Xo quiero! 

GASTÓN 

Entonces, conti éseme usted... 

FLORENCIA 

No puedo. 

V echa a correr. 
GASTÓN 

¡Espéreme usted. Fio! ¡Escúcheme usted! ¡Se 
lo ruego! 



Entra Gerardo v Gft?Kn tr 
detiene. 



lo — DARÍO NICODEMI 



ESCENA il 



GASTÓN y GERARDO 



GERARDO 



Buscaba al señor conde, para decirle que el 
señor duque no ha llegado todavía. 



GASTÓN 

Lo siento; pero qué vamos a hacerle. 

GERARDO 

':Y si tampoco llegase a tiempo para la co- 
mida? 

GASTÓN 

La comida sería poco amena; no cabe duda. 

GERARDO 

Si el señor conde me da su permiso, cuando 
estén en la mesa, entraré a decirle que el señor 
duque le llama por teléfono. 



LA ENEMIGA —-17 



GASTÓN 

Ya hemos utilizado este procedimiento esta 
mañana; convendría encontrar otro. 



GERARDO 



Si al señor conde se le ocurre alguna idea.., 



GASTOX 

Ahora, ninguna. Pero todavía puede llegar; 
falta mucho para la comida. Entretanto, pre- 
párele usted lo necesario para que se vista. 



GERARDO 

Ya está . 

GASTÓN 

Pues esperemos. 

GERARDO 

Esperemos, señor conde. 



Sale. 

Gastón vuelve al sillón y se 
hunde en él, con visible mal- 
humor. 



18 - - DARÍO NICODEMI 



ESCENA III 

GASTÓN, la CONDESA, LUMB 



CONDESA 

Entra apoyándose en e] bra- 
zo de Lumb. Ambos se deiie- 
nen junto a la balaustrada para 
contemplar el parque. 

Esas son las diez hayas g-igantestas de que 
hablábamos. Forman un grupo, que esconde, 
mal, la vieja desnudez de aquella Diana caza- 
dora. 

LUMB 



Son magníficas. 



CONDESA 

Y tienen mi edad exactamente. 

LUMB 

Tal vez tengan su edad; pero no tendrán sus 
ánimos. 

CONDESA 

No lo diga usted... Tienen ánimos para no 



LA ENEMIGA — 19 

envejecer, viviendo tanto. ¡Mírelas usted! Er- 
guidas, finas, flexibles, elegantes. Pues si las 
vieía usted de cerca, ni una arruga... ¡Dichosos 
árboles!... Se desenvuelven, y yo me encojo; 
van para el cielo, y 3^0 vuelvo a la tierra. A 
medida que su copa aumenta, parecen más 
hermosas 3^ benéficas; a me J ida que mi persona 
disminu3'e, 503' más fea 3^ más insoportable. 



LUMB 

Se calumnia usted, condesa. 

CONDESA 

No hay miedo. Les dejo esa ocupación a los 
demás. Pero es la verdad: siento que me voy 
volviendo egoísta, insensible, hasta glotona; 3' 
terriblemente inútil... ¡Qué humillación!,.. La 
vejez no es más que una humillación progresi- 
va. ¡Qué suerte ser árbol! ¿Sabe usted cuál es 
la mujer a quien he tenido siempre más envi- 
dia? Dafnis; que para librarse del hombre, se 
convirtió en laurel... ¡Esa sabía vivir! Y ahora, 
vamos a sentarnos, mi querido Lumb. Mis pier- 
nas dicen, basta; 3' tienen razón las pobrecitas. 
Son setenta 3' ocho af.os de llevarme a cues- 
tas... ¡Jesús! Creo que le he dicho a usted mi 
edad. 

LUMB 

El alma es inmortal. 



'20 — DARÍO NICODRMI ^ 

CONDÍISA 

¡Dichosa de ella!... 

\Mendo a Gastón. 

';V tú, que estás pensando con esa ü^ra vedad? 

GASTÓN 

Nada, abuelita. Leía. 

CONDESA 

¿Leías, en el bordado? 

LüMB 

¿Qué tal esa caza? ¿Qué se ha matado? 

GASTÓN 

Una mariposa. 

CONDESA 

¿De un tiro? Mi enhorabuena... ¿Y Roberto? 
¿Ha vuelto por fin? 

GASTÓN 

Todavía no, abuelita. 



LA ENEMIGA — 21 



CONDESA 



¡Inverosímil! ¡Increíble!... ¡París! ¡París! 
¡Monstruo seductor y fatal!... ¿Quiere usted 
decirme, querido Lumb, por qué existen las 
gfrandes ciudades y cuál es su verdadero ob- 



jeto^ 



LUMB 



Sí, condesa. El verdero objeto de una gran 
ciudad es hacernos desear el campo. 



CONDESA 

Exactamente. Thackera}^, aquel periodista 
endiablado que estaba de moda en París el 
año 60, me decía una vez, hablando de Lon- 
dres: «es una ciudad enorme, febril y monóto- 
na, donde el sol parece la luna y la luna un 
queso de bola*. Tenía razón. En las «randes 
ciudades todo se transforma 3' se deforma: 
hasta el sol y la luna. Son aglomeraciones in- 
útiles y malsanas... Peor todavía. Porque si 
no existiera Londres, usted no se vería obliga- 
do a abandonarnos para cuidar de sus nego- 
cios; y si no existiera París, Roberto no habría 
faltado al almuerzo, ni estaría a punto de fal- 
tar a la comida. 



22 — DARÍO NICODEMI 



LUMB 

Condesa, es necesario que suprimamos Lon- 
dres y París. 

CONDESA 

Lo pensaremos seriamente. Porque no quie- 
ro que ese muchacho se nos vuelva embustero. 
Teni[>"o un sacrosanto horror a la mentira, cual- 
quiera que sea. Vamos a ver, Gastón: ¿que pa- 
traña te ha contado Roberto, por teléfono, 
mientras almorzábamos? 



GASTÓN 

Abuelita... 

CONDESA 

Cuidado, no vayas a mentirme tú también, 

GASTÓN 

Abuelita, Roberto no me ha telefoneado. 

CONDESA 

¿Que no te ha telefoneado? Entonces tú... Lo 
has hecho por... Has dicho aquella mentira 
para... ¡Ven a darme un beso! Eres un hom- 
bre. 



LA ENEMIGA - 23 



GASTÓN 



Pero si no viene a la comida, ya no sé qué 
inventar. 



CONDESA 

Tienes razón. Y es grave. Debíamos buscar 
algo. Ayúdenos usted, lord Lumb. 



LUMB 



¿A buscar ma mentira? 



CONDESA 

jUna mentira, una mentira!... Se trata de 
una invención insignificante. 



GERARDO 

Por la izquierda. 

El señor Regnault y la señorita Regnault. 

CONDESA 

¿Ya?... rMi hija no ha salido de su habita- 
ción? 



24 — DARÍO NICODEMl 

GERARDO 

Todavía no, señora condesa. 

CONDESA 

Entonces, que pase el señor Regnault. 

Sale Gerardo. 
GASTÓN 

¿Me da usted su permiso para ir a vestirme, 
abuelita? 

CONDESA 

Despáchate. Tenemos que buscar algo para 
evitarle a Roberto la tormenta. 

GASTÓN 

Vuelvo en el acto. 

Sale. 

CONDESA 

¡Señor, qué muchachosl... 

A Lumb. 

¿Conoce usted a Regnault? 



LA ENEMIGA 



LÜMB 

No teng^o ese gusto. 

CONDESA 

Lo tendrá usted. Y un verdadero gusto, por- 
que se trata de un carácter. Regnault es el no- 
tario que solía figurar en las comedias de mi 
tiempo. Conocerá usted al notario del Gotha 
francés. Nada menos. Es su manía, su snobis- 
mo profesional. Y es más interesante, porque 
es hereditario. El padre de éste era todavía 
más escrupuloso al escoger su clientela. El 
despacho de Regnault es un océano de sangre 
azul. Y desde hace dos siglos estos Regnault 
son los depositarios de tantos secretos íntimos, 
de tantos misterios más o menos confesables, 
de tantos dramas de alcoba, que se ven conde- 
nados al silencio para no hacer traición a na- 
die. Yo le atormento siempre, pero no he con- 
seguido jamás hacerle cometer una indiscre- 
ción. 

LUMB 

Creo que mi hija me ha hablado alguna vez 
de la señorita Regnault. 

CONDESA 

De tal palo, tal astilla. Marta, que por la 



26 — DARÍO NICODEMI 

profesión y la situación de su padre se ha he- 
cho en nuestro mundo un rinconcito simpático, 
morirá soltera, porque no le es posible casarse 
con el heredero de un trono de primera clase. 



LUMB 

Esto}^ avergonzado de mi modesto título de 
lord. 



CONDESA 

Diez v^eces millonario que fuera usted, no le 
bastaría. Marta Regnault necesita una corona, 
aunque sea de espinas. 



ESCENA V 

LA CONDESA, LUMB, MARTA REGNA ULT 
y FLORENCIA 

CONDESA 



A Regnault, que enlra segui- 
do de su hija. 



Mi querido Regnault... ¿Qué tal? ¿Cómo se 
portan esos setenta y cinco? 



LA ENEMIGA — 27 
REGNAULT 

Sesenta y cinco, condesa. 

CONDESA 

Es usted un niño... perdóneme usted. Le 
confundía con su padre, que siempre tuvo se- 
tenta y cinco años. ¿Cómo estás, Marta? 

MARTA 

Con una gran reverenci*. 



Condesa... 

CONDESA 

Tu sombrerito es delicioso. 

MARTA 

Me lo ha reg*alado la princesa Natalia. 

CONDESA 

Y ha hecho bien. Tiene una cabeza desco- 
munal, y ese sombrerito debia sentarle como 
una silla de montar a un elefanle. Lord Lumb: 
presento a usted mi viejo amigr» Regnault, «la 
caja de caudales de los escíndalos», como yo 
le llamo... Marta: Lord Lumb. 



28 — DARÍO NICODEMI 



MARTA 



Ya he tenido el gusto de conocer aquí a miss 
Lumb; una criatura toda gracia y distinción. 
Verdad es que los ingleses son distinguidos 
como nadie. 



CONDESA 



Gracias por nosotros, hija mía. ¿Es cierto, 
Regnault, que mi prima, la de vSan Servan, se 
ha retirado enferma al Poitou?... ¿Y qué ha 
sido? r'Falta de salud o falta de dinero? 



REGNAULT 



¿El Poitou, dice usted? Una de las más her- 
mosas regiones de Francia; pero un poco htí" 
meda. A sus compatriotas, lord, les gustaba mu- 
cho el Poitou: nos lo quitaron muchas veces. 



CONDESA 



¿Y de su salud, Regnault, le permite hablar el 
secreto profesional? 



REGNAULT 



No me quejo, condesa. Ya conoce usted mi 
oración: <' Dios mío, guardadme de los dolores fí- 



LA ENEMIGA — 29 



sicos, que de los otros yo me guardo*. Es una 
fórmula excelente. ;No tendré el honor de ofre- 
cer mis respetos a la duquesa? 

MARTA 

¿Y Roberto? 

REGNA ULT 

Es verdad: ¿sigue bien nuestro joven y queri- 
do duque? 

CONDE.SA 

Sí; su hermano también; muchas gracias. 

FLORENCIA 

En traje de comida. 

El joven y querido duque acaba de llegar 
hace un momento. 

CONDESA 

Menos mal. 

MARTA 

Me alegro de volver a verla a usted, señorita. 



30 — DARÍO NICODEMI 



FLORENCIA 

Y yo también, señorita. Lleva usted un traje 
precioso. 

CONDESA 



¿De qué princesa procede? 



MARTA 



Es un modelo de la marquesa de Ornano. 



CONDESA 



¿Aquel monstruo? ¿Por fin obtuvo el divorcio, 
Regnault? 



REGNAULT 

¡El divorcio!... ¡Qué tremenda calamidad en- 
démica el divorcio!... Me han contado de un 
presidente de sala inglés que, antes de dar prin- 
cipio a un proceso cualquiera de divorcio, pro- 
nuncia estas palabras: «Suplico a las señoras 
honradas que abandonen el local». Natural- 
mente, ninguna se mueve. Y el presidente aña- 
de: «Guardias, hagan ustedes salir alas otras». 
Pues este magistrado es todo un moralista. 



LA ENEMIGA — 31 



CONDESA 

Y usted, un hombre insoportable con sus dis- 
creciones. 

iMARTA 

¿Nos da usted permiso para que vayamos con 
miss Fio a ver los cisnes del lago"? Yo adoro a 
los cisnes: son los grandes señores, los prínci- 
pes del agua. 

CONDESA 

Ya veo que el mejor día te casas con un 
cisne. 

A Lumb. 

¿Quiere usted que acompañemos a las niñas? 

LUMB 

;Por qué no, condesa? 

CONDESA 

Vamos, Regnault. 

Se dirige hacia el fondo entre 
Lumb y Kegnault. 

¿No le parece a usted, Regnault, que un cis- 



32 — DARÍO NICODEMI 

ne, por su blancura y por su estupidez, recuer- 
da mucho a su cliente de usted, la marquesa de 
La tour? 

REGNA ULT 

En el blasón de los Latour es un halcón el 
que iigura, no es un cisne; hasta juraría... 

Descienden al parque. 



ESCENA VI 

ROBERTO y GASTÓN 

I.OS tíos de frac. 

GASTÓN 



Llegando por la izquierda, a 
Roberto que entra por la de- 
recha. 

;Por ñn? 



ROBERTO 

Ya es hora, ;v^erdad? 

GASTÓN 

¿Qué te ha pasado? 



LA ENEMIGA — 33 
ROBERTO 

Nada. 

GASTÓN 

Figúrate que mamá, con la esperanza de ver- 
te llegar de un momento a otro, ha retardado 
una hora el almuerzo; a pesar de los ocho invi- 
tados, entre los que estaba el obispo. 

ROBERTO 

¡Brr!... Entonces no es un chubasco; es el di- 
luvio universal lo que me espera. 

GASTÓN 

No. Ya hemos conjurado la tormenta. 

ROBERTO 

¿Cómo? 

GASTÓN 

Le he dicho a mamá que te había hecho una 
porción de encargos y que yo solo tenía la cul- 
pa de tu tardanza. Pero ha habido más. A me- 
dia comida, Gerardo, muy serio, se presenta 
diciendo que tú me llamas por teléfono. Me le- 

3 



34 — DARÍO NICODEMI 

vanto, acudo, no era verdad: no me llamabas. 
Estuve a punto de abrazar a Gerardo por su 
ocurrencia. V'uelvo a la mesa; la inundo de tu 
desolación y de tus escusas; y todo acaba bien. 



ROBERTO 

Agradezco tu generosidad... y la del criado. 

GASTÓN 

¡Bah! ¡Generosidad! En mi lugar, tú habrías 
hecho lo mismo. 

ROBERTO 

Sí; pero el resultado no habría sido tan feliz. 
Mamá nos somete a cada uno a un régimen dis- 
tinto. Y el tuyo es el más dulce. 

GASTÓN 

Tú sabes que no tengo la culpa. 

ROBERTO 

Y tú sabes que estoy lejos de dártela. Pero, 
además, no acuso a nadie. Mi señor Destino ha 
decidido que así sea. ¡Así sea! Y no se hable 
más. ¿Dónde están las señoras? 



LA ENEMIGA — 35 



GASTÓN 



Se fueron hacia el lago. Menos mamá; que 
desde que almorzamos, se encerr<3 en su cuarto. 



ROBERTO 



Estará buscando en su repertorio de frases 
amargas, las que más puedan herirme cuando 
me eche la vista encima . 



GASTÓN 

Eres injusto... A mamá le preocupan tus via- 
jes diarios a París, y es natural... Y 3^a que ha- 
blamos de eso, nadie en casa tiene el derecho de 
interrogarte; es verdad. ¿Pero por qué no me 
dices a mí lo que tienes? ¿Por qué estás cada día 
más nervioso, más excitado, más pálido? 

» ROBERTO 

¿Te importa, de veras? Pues oye el terrible 
secreto de mi palidez: estoy muerto de hambre, 
y ya que Gerardo es nuestro cómplice, vamos 
a decir que a^ase para la comida; aunque sea 
antes de hora. 

GASTÓN 

Como quieras. Perdóname por haberte mor- 
ificado con mi pregunta. 



3h — DARÍO NICODEMI 



ROBERTO 

¡Por Dios, hombre! No me pon¡[>-as esa cara.. . 
Créeme: hay cosas de las que más vale no ha- 
blar. 



GASTÓN 

Tú tienes algo que te martiriza. 

ROBERTO 

No; no exageremos. 

GASTÓN 

Dime lo que tienes. 

ROBERTO 

¡Si es que no podría precisarte!... Tal vez un 
poco de neurastenia. 

GASTÓN 

¿Una mujer? 

ROBERTO 

¿Por qué no? 



LA ENEMIGA — 37 
GASTÓN 

¿Florencia?... Pero Florencia te... 

ROBERTO 

No; una mujer más hermosa todavía; la más 
hermosa de todas. 

GASTÓN 

Mamá. 

ROBERTO 



Mamá. 



Lo sabía. 



GASTÓN 



ROBERTO 



iPor fuerza! Ya no soy capaz de ocultar esta 
pena. Y escapo para que no me la conozcan. 
Ahí tienes la razón de mis viajes continuos a 
París. 



GASTÓN 



Pues es necesario reaccionar, y cuanto an- 
tes. 



38 — DARÍO NICODEMI 



ROBERTO 

¿Cómo? ¿Con qué medios? Para reaccionar, 
para sobreponerme a este abatimiento corro- 
sivo necesitaría una lobustez moral que no 
tengo, y que tú tampoco tendrías en mi lugar. 
Porque nosotros lo tenemos todo, menos vo- 
luntad. ¿Y sabes por qué? Yo sí. Porque nos- 
otros, a partir de la nodriza, hemos vivido 
siempre entre mujeres: la abuelita, mamá, las 
tías, las hermanas, sus amigas, sus hijas... 
Siempre mujeres a nuestro alrededor; gracio- 
samente, pero inexorablemente. En nuestra 
casa los hombres no han sido más que pasaje- 
ros... Los amigos, pasajeros indiferentes. Los 
maridos de nuestras hermanas, pasajeros inte- 
resados. Los administradores, los empleados, 
los criados, pasajeros hostiles. Nuestro mismo 
padre, un pasajero íntimo. Y así, desde que 
estamos en el mundo, a nuestra familia y nues- 
tra casa^ les falta la columna vertebral. Ha 
sido, es y será nuestra mayor desdicha, her- 
mano mío. 

GASTÓN 

Quizás tengas razón. 

ROBERTO 

Y sin quizás. 



LA ENEMIGA — 39 

GASTÓN 

Pero tu mayor desdicha, créeme, no es esa: 
tu ma3'or desdicha es tu imag^inación. Porque 
te oblig-a a pensar cosas que no existen. Mamá 
te quiere. 

ROBERTO 

¡Oh!... 

GASTÓN 

Sí; en el fondo, mamá te quiere. 

ROBERTO 

Su cariño está tan «en el fondor, que ya he 
perdido la esperanza de llegar hasta él. 

GASTÓN 

Pues yo estoy seguro de lo que te he dicho. 

• ROBERTO 

¿Seguro? Entonces tú puedes curarme con 
una sola palabra: júrame que estás seguro de 
que mamá me quiere. 



GASTÓN 



Vo te digo.. 



40 — DARÍO NICODEMI 

ROBERTO 

No, no di^^-as: ¡jura! 

Gastón calla. 

¿Lo ves?... ¡Sí! Dudo del único vSentimiento 
de que los hombres no han dudado hasta aho- 
ra. Y esa duda, amarga como tú nunca has de 
saberlo, es mi neurastenia, mi desgracia y mi 
vergüenza... Pero ¿por qué? ¿Por qué?... ¿Ten- 
go yo la culpa de que una le}^, que yo no he 
dictado, me haga heredero de un título glorio- 
so y de un gran patrimonio? ¿Pero es que yo 
no pongo sobre el título, y la riqueza, y los de- 
rechos, y las prerrogativas, mi cariño y mi 
ternura por tí? 

GASTÓN 

Lo sé, lo sé, y te lo agra... 

ROBERTO 

Tú lo sabes; pero mamá... Mamá no ha vis- 
to siquiera el cariño que le tengo a ella; no ha 
querido verlo... ¡Y sin embargo!... 

' Se calla; llega hasta la ba- 
laustrada, como para asegu- 
rarse de que nadie puede escu- 
charle. Vuelve con mayor ex- 
citación y más conmovido. 

¡Y sin embargo, tú no sabes, nunca sabrá 
nadie mi pasión por ella! Sí; no tiene otro nom- 



LA EÌNEMIGA — 41 

bre este sentimiento tan completo, tan perfec- 
to, tan puro. La adoro como si en mí se junta- 
ran un liijo, un amigo, un marido, un padre, 
un esclavo, un fanático... ¿comprendes? V la 
adoro C(mio un artista que adora su obra maes- 
tra. Porque veo en mamá como la obra maes- 
tra de la mujer; la mujer en su expresión más 
alta, más bella... Desde la muerte de nuestro 
padre, hace veinte años, mamá se ha hecho, de 
su dolor, una belleza más. Se ha acostumbra- 
do al peso de su dolor, como una reina al peso 
de su corona; y se la ve como iluminada por 
él... Y yo me siento tan orgulloso de mamá, 
que no quisiera haber nacido si no hubiera na- 
cido de ella... Y me acuerdo de mis años pasa- 
dos como de otras tantas fiestas. Y me acuer- 
do, una por una, de sus caricias y de sus pala- 
bras; y me acuerdo de sus besos, como si con 
cada uno hubiera estampado una fecha de ale- 
gría en la carne de mi cara. Me acuerdo de 
todo el cariño de mamá, y no puedo, y no 
quiero acostumbrarme a la idea de perderlo... 
no quiero que me priven de él, ¿comprendes?... 
Yo no he hecho nada para que me priven de 
él... Entonces, ¿por qué? ¿Por qué?... Si lo sa- 
bes, dime, explícame... ¿Qué he hecho yo?... 
¿Qué delito es el mío?... 



GASTÓN 

iPor Dios, Roberto, cálmate!... Pueden ve- 
nir, Roberto... ¡cálmate! 



42 — DARÍO MCODEMI 



ROBERTO 

Tienes razón, perdóname... ¿Sabes? No ha- 
blo nunca con nadie de esta pena. Y ha sido 
como un nudo que me apretara la garganta y 
me ha hecho gritar... Perdóname... ¿Ves? Ya 
estoy tranquilo... Pero ¡qué pena, Gastón, qué 
pena! Tenemos todo lo que se necesita para 
ser buenos 3^ felices, y precisamente los que 
más nos quieren hacen lo posible por crear 
estos antagonismos absurdos... Mamá te adora 
ciegamente, y tú te quejas a veces porque te 
faltan otras simpatías, otros afectos... Esas 
simpatías, esos afectos, yo los tengo todos ¡to- 
dos!, pero en cambio, sufro y me quejo, por- 
que me falta el cariño de mamá... jQué ciega 
es la suerte! 

GASTÓN 

¡Roberto! Procura no excitarte más. Será 
mejor. Ya verás tú... Dentro de poco, cuando 
tu vida haya cambiado... 

ROBERTO 

¿Cambiado.'... ¿Cómo?... 

GASTÓN 

Florencia, te... 



LA ENEMIGA — 43 



ROBERTO 



Calla... y óyeme. Hasta que sepa la causa de 
este cambio incomprensible de mamá, respecto 
a mí, yo no haré nada, no decidiré nada, no 
pensaré en nada... ¡Quiero saber! 



GASTÓN 



Pero, ¿estás loco? 

ROBERTO 

No; y quiero saber para no volverme loco.. 
¿Pero es que tú crees que esta aversión de ma- 
má es nada más que un sentimiento instinti- 
vo?... ¡No!... Una madre puede preferir a uno 
de sus hijos sin necesidad de odiar al otro. 

GA.STÓX 

Ahora blasfemas: mamá no te odia. 

ROBERTO 

Todavía no. 



GASTÓN 

Jamás... 



44 — DARÍO NICODEMI 



ROBRRTO 

Sí. Mamá es para mí la enem¡£>"a; la enemiga 
demi villa, ele mi felicidad, de mi porvenir... 
rVor qué? ¿Lo sabes tú? No. Yo tampoco. Pero 
quiero saberlo. Y sabré. Yo no sé cuándo ni 
cómo; pero sabré... Mi vida es tan poco apete- 
cible que la daría con «'usto por saber. Ya ves 
tú. Soy tan desiíraciado, que daría mi vida para 
saber por qué lo soy y... 



Se vuelve y ve a Marta que 
hace un instante llegó por la 
escalinata del parque y se que- 
dó junto al barandal. 



Oh. Marta! 



ESCENA VII 

ROBERTO, GASTÓN J MARTA 
MARTA 

Buscaba... buscaba a Gastón. Su abuelita 
preguntaba por usted... 

GASTÓN 

rDonde está? 



LA ENEMIGA — 40 



MARTA 

Al Otro lado del estanque: con los demás. 

GASTÓN 

Pues allá voy; hasta en seguida. 

Sale apresuradamente. 
MARTA 

¿No creerá usted que estaba ahí para escu- 
charle?... 

ROBERTO 

¿Yo?... ¡Qué idea! 

MARTA 

Le aseguro a usted que he venido para lla- 
mar a Gastón. Y además, para ver si su madie 
de usted había salido; porque no la he saludado 
todavía. 

ROBERTO 

¿Pero a qué vienen todas esas explicaciones? 



4'i ~ DARIO MCODKMI 

MARTA 

Es tan tonto lo qtie me ha sucedido... Parecía 
usted tan excitado hablando, que no me he atre- 
vido a interrumpirle... Perdóneme usted. 

ROBERTO 

Basta, Marta... Basta. 

MARTA 

Le juro a usted que no he oído más que las 
liliimas palabras. 

ROBERTO 

¿Muy interesantes, eh? 

MARTA 

Graves. 

ROBERTO 

Es que, en broma, se dicen las cosas más 
graves de este mundo. 

MARTA 

;En broma? 



LA ENhMIGA — 47 



ROBERTO 

Si... jugando. 

iMARTA 

No trato uè averiguar; por lo tanto, es inútil 
que dig'a usted lo que no es. No tenía usted la 
voz ni el aire de los que bromean jugando. 
Pero, respecto a las pocas palabras que he po- 
dido oir, esté usted tranquilo: soy discreta. Lo 
soy, no sólo por naturaleza, sino además por 
tradición y por oficio. Mi padre no ha vacilado 
en hacerme su confidente única; y ya lo sabe 
usted, mi padre es una tumba. 

ROBERTO 

Y usted, la hermosa estatua de esa tumba. 



MARTA 

Sobre todo, yo soy su amiga de usted desde 
que está en el mundo... porque yo so}' más vie- 
ja que usted. 

ROBERTO 

No es posible... Debe haber error. 



48— DARÍO NICODEMI 



MARTA 



Bastante iricás vieja... Le he tenido a usted so- 
bre mis rodillas. 



ROBERTO 

¿Quiere usted que yo la tome sobre las mías, 
para pagar mi deuda? 

MARTA 

Quiero que me dé usted la mano con lealtad 
para demostrarme que está usted seguro de mí. 



ROBERTO 

¡Qué voz tan solemne! 

MARTA 

i Qué mano tan helada! 

ROBERTO 

Ya pica en historia... Gastón me encuentra 
pálido; usted me encuentra helado; yo empiezo 
a sentirme cadavérico. ¡Basta! Canlbiemos de 
conveisación. ¿Sabe usted si su padre tiene que 
hablar con mamá esta noche? 



LA ENEMIGA — 49 
MARTA 

Creo que sí. ¿Por qué? 

ROBERTO 

Porque yo también necesito hablar con él. 

MARTA 

Se lo diré. Y así tendremos tres consultas es- 
ta noche. Porque su abuelita no ha dejado de 
solicitar una, por su parte. ¡Divertidísimo!... 
¡Oh^ 3^ no me quejo! Al fin y al cabo, a estas 
consultas profesionales debo el indecible ho- 
nor de comer en el castillo. 

ROBERTO 

Ya empieza a hacer de las suyas su injusti- 
cia. Debe usted atarla corto. Demasiado sabe 
usted que en el castillo la queremos todos. 

MARTA 

¿Usted también? 

ROBERTO 

Yo m;;s que nadie. 



:>ll — DARIO XlCODE.Ml 

MARTA 

Soy para usted una amig"a de la infancia. 

ROBERTO 

Pero, ¡qué amiga! la más hermosa de todas 

MARTA 

Después de Florencia l.umb, naturalmente. 

ROBERTO 

Esc ya no es injuslicia; esos son celos. 

MARTA 

Para usted, lo misma da. 

ROBERTO 

rSabe usted que la encuenti't) rara en este 
momento? 

.M.XRTA 

iV (.•uán-.lo n</ es rara una mujei > 



LA ENEMIGA — 51 



ROBERTO 

Tiene usted razón; ùnicamente cuando duer- 
me y sueña que es sencilla. 

MARTA 

Pongamos que duei-mo y sueño que le pre- 
gunto a usted una cosa, a la que no tiene usted 
más remedio que contestar francamente... 
¿Quiere usted? 

ROBERTO 

Dicen que no conviene llevar la contraria a 
los sonámbulos. De modo que ¡adelante! Pre- 
gúnteme usted. 

MARTA 

¿Le gusta a usted Florencia? 

ROBERTO 

;La de los Mèdici? 

MARTA 

La de \os Lumb. 



:)J — DARIO XlCODKMl 

ROBERTO 

La admiro. 

MARTA 

Se empieza siempre así: admiración. 

ROBERTO 

Complacencia en la admiración. 

MARTA 

Esperanza. 

ROBERTO 

Deseo. 

MARTA 

Amor. 

ROBERTO 

Pasión. 

MARTA 

Matrimonio. 



LA ENEMIGA — 53 



ROBERTO 

No. Yo suprimo la ultima fase, que echa a 
perder las anteriores. 

MARTA 

V, sin embarg-o, es su consecuencia lógica. 

ROBERTO 

Por es(> la suprimo. Detesto la logica. Y 
como en la vida, nacimiento, matrimonio y 
muerte constituyen la santísima trinidad de las 
cosas lógicas, yo suprimo la que puedo: el ma- 
trimonio. 

MARTA 

Se casariA usted como los demás. 

ROBERTO 

Ni como los demás, ni para los demás. Lo 
juro. 

MARTA 

Y si un día, por casualidad, una hermosa 
mujercita. mu\' rica, muy distinguida, se ena- 



34 — DARÍO NiCODEMT 

morase de usted, se lo diese a entender y hasta, 
si me apura usted, se lo dijese, ¿qué haría us- 
ted? 

ROBERTO 

Cambiar de color. Me pondría encendido, 
que es el color de la violencia. Recordaría que 
mis antepasados fueron soldados, aventureros, 
conquistadores... Entonces, probablemente, la 
violencia ancestral me subiría a la cabeza, in- 
flamaría mi sangre, desbarajustaría mis senti- 
dos. . . y la hermosa mujercita, con todo su di- 
nero y toda su distinción, como hay Dios que 
iba a pasar un cuarto de hora un poco abi- 
tado... 

MARTA 

rY después? 

ROBERTO 

Después, lo de costumbre: contrición, ver- 
güenza, remordim.iento. 

MARTA 

¿Y matrimonio, nunca.- 

ROBERTO 

Nunca. 



LA EXEMI SA - DO 



Gracias. 



¿Por qué; 



MARTA 



ROBERTO 



MARTA 



Porque... así, si ¡'tro día una mujer menos 
bella y menos rica que Florencia Lumb, pero 
más consciente, más mujer, enloqueciera has- 
ta el punto de decirle a usted que le adora, us- 
ted no podría dudar de su desinterés, porque 
ella sabría ya que usted no se casa. 

ROBERTO 

Pero... ¿sabe usted, Marta, que estamos ha- 
blando de cosas fantásticas? 



MARTA 

No tan fantásticas como las que me digo a 
mí misma... con dt rnnsiada frecuencia... des- 
graciadamente. 

ROBERTO 

¿Quiere usted prometerme ahora, aquí mis- 
mo, en el acto, que no enloquecerá usted nr.n- 
ca hasta ese punto? 



56 — DARÍO NICODEMI 

MARTA 

No pi-oinelo nada. 

ROBERTO 

Marta, volvámonos a dar la mano seriamen- 
te, amistosamente. 

MARTA 

No. 

ROBERTO 

Entonces... Hasta luego; nos veremos en la 
mesa. 

MARTA 

¡Roberto!... ¡Roberto!... 

ROBERTO 

Y, por favor, se lo suplico a usted; ni sollo- 
zos, ni lágrimas. No se acostumbra aquí. 

MARTA 

Sea usted indulgente; no me humille usted... 
Usted sabe que so}^ una mujer voluntaria, casi 



LA ENEMIGA — 57 

una impávida, en la vida... ¡No me humille us- 
ted más! Le juro a usted que he combatido este 
sentimiento como se combate al más peligroso 
de los enemigos. Y en este combate, que dura 
hace años, he visto caer, poco a poco, mi vo- 
luntad, mi inteligencia, mi orgullo. Es mi de- 
rrota. No me haga usted sentir, que es también 
el más espantoso de los ridículos. 



ROBERTO 

;No, no; se engaña usted! Soy yo el único 
que está aquí en ridículo. Porque en el caso en 
que me ha puesto usted no hay término medio: 
se es demasiado humano o demasiado bíblico: 
Don Juan o... José. Para usted no quiero ser lo 
uno ni lo otro. 



MARTA 

V liene usted razón. ¡Oh, por fuerza! üsied 
no es más que inteligencia y sangre fría. Cuan- 
do se es así se tiene razón siempre. Pero, por 
lo menos, sepa usted que yo no quiero nada, 
que yu no pido nada. 



ROBERTO 

Concedido desde luego, por mi parte. V 
ahora... 



5^ — dar/o NICODHMÍ 



MARTA 



¡No! Espérese usted, (jií^ame usted... Creo 
que si pudiera pronunciar una vez la palabra 
que ha venido a ser mi idea fiia, sería para mí 
un alivio. Roberto, le... 



ROBERTO 

¡No; no siga usted!... Yo he oído decir que las 
gentes se desmayan de dolor, de miedo o de 
hambre. Ahora comprendo que pueden desma- 
yarse de algo más; porque si no calla usted, 
presiento que voy a caerme a sus pies, desma- 
yado, fulminado de ridículo. 

MARTA 

¿De modo que mi emoción, mi sinceridad, mi 
locura, no han despertado en usted m.is que el 
miedo a ser ridículo?... Yo creía merecerle 
otro respeto. 

ROBERTO 

Si llego a decirle a usted que la respeto, abo- 
mina usted de mí. 



MARTA 

Es usted crtiel. Y hace usted mal, 



LA ENEMIGA — "iQ 



ROBERTO 



Es usted la que hace mal, muy mal, turbán- 
dome así... Porque me turba usted demasiado... 



MARTA 

¡Te adoro! 

ROBERTO 



Dominándose con supremo 
esfuerzo. 



¡Oh, basta... basta! ¡Decididamente, no tiene 
usted miedo de. la violencia ancestral! 



MARTA 

No se burle usted de mi corazón. Ignora us- 
ted de lo que es capaz. Ya he dicho que no pi- 
do nada; que únicamente quería hacerle com- 
prender, que si un día no es usted feliz, yo es- 
taré a su lado, dispuesta a todo, contra todos... 
Quiero que sepa usted que le he dado mi cora- 
zón para el porvenir. 



ROBERTO 

A plazo fijo?... 



tH) — DARÍO XICODEMl 



MARTA 

¡Le prohibo a usted que se burle de mi! 

ROBERTO 

Y \'o me burlo... Y yo no puedo hacer otra 
cosa, aquí, en la casa de mi madre, de la que es 
usted huésped y amig'a. Me burlo, y es necesa- 
rio que se burle usted también; que se ría... 

MARTA 

;Y si llorase? 

RUbkRiu 

Entonces, Marta, con mucho cariño, pero con 
mucha seriedad, le diría a usted lo que deci- 
mos a las niñas pequeñitas: «¡Qué fea te pones 
cuando lloras!»... \'amos, ven oa usted acá, mí- 
reme usted... 

Imitando el gesio de un pres- 
tidigitador. 

Extraií;-() de mi cabeza el recuerdo de esta 
pequeña... anécdota. Lo pongo en mi mano... 
así... la cierro. Soplo... uno, dos, tres... Vuelvo 
a abrirla... Aja: vacía... El recuerdo ha volado, 
ha desaparecido, está olvidado para siempre... 
;Le parece a usted bien? Pues no me mire usted 
con esos ojos de enfado y de rabia, porque aho- 
ra es cuando va usted a ponerse fea de vei'dad. 



LA ENEMIGA— 61 

MARTA 

Con violencia mal dominada. 



Está bien. He sido torpe... risible... despre- 
ciable... sí, sí, despreciable... Porque al señor 
duque no le ha parecido bien tomarme en serio. 



ROBERTO 



El señor duque rueg-a a la señorita Rei^-nault 
que no diga enormidades. 



MARTA 

Y sin embargo, la señorita Regnault, la hija 
del notario de «la caja de caudales de los es- 
cándalos», es la única persona que podría te- 
ner las llaves de esa caja. 

ROBERTO 

Ahora no la entiendo a usted; palabra. 

MARTA 

Mejor para usted. 

ROBERTO 

{Qué ha querido usted decirme? 



t)2 — DAKIU .MCOUlì.Ml 



MARTA 



No lo sabrtl usted nunca.. . Como no sabrá us- 
ted nunca que me ha ofendido atrozmente, mor- 
talmente. 



ROBERTO 



Es que quiero saber. 



MARTA 



No lo espere usted. 



ROBERTO 



Es que quiero saber en el acto. 



MARTA 



i Atrás!... ¿Será capaz de perder su sangre 
fría el señor duque? ¡Por Dios, Roberto!... Ten- 
dría que ver que una burguesita le diera a us- 
ted una ]eccif3n de urbanidad. 



ROBERTO 

;Dígame usted!... 



LA ENEiUGA — 63 



MARTA 



¿Qué: ¿Los misterios de ^la caja de cauda- 
les-V 



ROBERTO 

Si. 

MARTA 

No hace mucho decía usted que era capaz de 
dar su vida por saber. 

ROBERTO 

Lo decía... Y lo haré. 

MARTA 

La vida es demasiado. 

ROBERTO 

¿Qué rebaja puede usted hacerme? 

MARTA 

¿No le parece a usted que debemos cambiar 
de ton ur 



64— DARÍO NICODKMI 



ROBERTO 



No me es posible. ¿Qué rebaja me hace usted? | 



MARTA 



Perfectamente: sea. Y óigame usted bien: en 
este momento voy a jugarme el más noble de 
mis impulsos, mi ambición; y el más grande de 
mis sentimientos, mi amor. 



ROBERTO 

Tuguemos. 

MARTA 

Es que puede usted perder. 

ROBERTO 

No lo notará nadie... Siga usted. 

MARTA 

Detesto a su mundo de usted: lo odio y lo 
odiaré hasta... 



ROBERTO 

Que pueda usted entrar en él. 



i 



LA ENEMIGA — 65 



MARTA 

Eso. Lo odio porque me han hecho pasar por 
la puerta de servicio, o poco menos. Ábrame 
usted la puerta grande, la que no me obligue a 
bajar la cabeza para entrar, y yo encontraré el 
modo—no sé cuál^ el que sea— yo encontraré el 
modo de saber lo que a usted le interesa y le 
atormenta. 

ROBERTO 

Sujetándola por las muñecas. 



iLo sabe usted ya 



MARTA 

No; ¡suélteme usted! 

ROBERTO 

¡Lo sabe usted! ¡Lo sabe usted!... ¡Ha desva- 
lijado usted la caja de caudales! ¡Lo sabe us- 
ted ya! 

MARTA 

No sé nada; suélteme usted; grito. 

ROBERTO 

Grita lo que sabes. En el acto. ¡Te lo mando! 



66 — DARÍO NICODEMI 

MARTA 

Es inútil mandar. Dame tu palabra... 

ROBERTO 

La estimo demasiado para empeñársela a 
) tú. 

MARTA 

¡Insúltame y no sabrás nada... nunca! 

ROBERTO 

Lo sabré todo ahora mismo... porque quiero. 

MARTA 

¡Cómo te odio a ti también, en este momento! 

ROBERTO 

¿Tú, duquesa?... ¡Nada más que la hija de un 
notario de escándalos podía concebirlo! 

MARTA 

Pero yo sé quién es mi padre. ¡Tú no podrías 
decir otro tanto! 



LA ENEMIGA — 67 



ROBERTO 

;Qué?... ¿Cómo has dicho?... ¡Miserable! 
¡Ahora veo que está usted completamente loca! 
Le ha sorbido el seso su ambición. Y en este 
momento, no sé, me parece que me avergüen- 
zo de haber sido su amigo de usted tantos 
años... Me avergüenzo, sí... Porque tiene usted 
un alma mezquina, estúpida... un alma ava- 
rienta de mujerzuela. 

MARTA 

Yo tengo el alma; otras tuvieron el cuerpo. 

ROBERTO 

¿Pero en quién se atreve usted a pensar ha- 
blando así? 

MARTA 

Ya lo sabe usted. 

ROBERTO 

¡Marta!... ¡La estrangulo a usted! ¡De rodi- 
llas! ¡Pida usted perdón! 



MARTA 

No soy de las que se arrodillan. 



bS — DARÍO NICODEMI 

ROBERTO 

Perdón... En seguida... 

MARTA 

Ya sabe usted... 

ROBERTO 

¡Sé que usted ha mentido y que voy a incrus- 
tarle su mentira en la garganta! Confiese us- 
ted que ha mentido... Que mi madre... 



MARTA 

Su madre de usted le odia, porque usted, 
bastardo reconocido y legitimado por la gene- 
rosidad del duque, usurpa los títulos, los hono- 
res, las riquezas del otro, de Gastón, del me- 
nor legítimo. 



¡Basta! 



ROBERTO 



MARTA 



Le odia a usted, porque es usted su pecado 
y su veigüenza. 



LA ENEMIGA — 69 
ROBERTO 

¡Silencio; no mienta usted más! No es ver- 
dad... No es verdad. 

MARTA 

Es verdad; lo sé. ¡Me muera si no lo sé! 

ROBERTO 

Tapándose los oídos. 

No es verdad... No es verdad. 

MARTA 

Me ha rechazado usted, se ha burlado usted 
de mí; peor para usted. 

ROBERTO 

¡Salga usted de aquí! 

MARTA 

¿Quiere usted?... 

ROBERTO 

Quiero hablar con su padre de usted cuanto 
antes. Cuanto antes. 



70 — DARÍO NICODEMI 

MARTA 

r Entonces?... 

ROBERTO 

He perdido. Pero ya le he dicho a usted: yo 
juego bien; no lo notará nadie. Hasta después. 

MARTA 

Hasta después. 

Sale por la izquierda. 



ROBERTO 



Desplomado, inmóvil, repite 
maquinalmente: 



No es verdad... No es verdad... 
ESCENA VIII 

ROBERTO y LA DUQUESA 



DUQUESA 



Aparece en lo alto de Ja es- 
calinata, a mano derecha. Des- 
ciende lentamente, mirando a 
Roberto. 



Me alegro de verte por fin, Roberto. Es un 



LA ENEMIGA — 71 

honor que cada día se va haciendo más raro... 
¿Y qué?... ¿Te propones faltar también a la co- 
mida? 

ROBERTO 

No... mamá... voy. 

Se dirifi^e hacia la izquierda. 



DUQUESA 

Podrías ofrecerme el brazo y acompañar- 
me... Dig'o, me parece... 



ROBERTO 

Sí, mamá. 



Le ofrece el brazo y salen 
juntos. 



TELÓN 



ACTO SEGUNDO 



Un salón de aspecto señorial. En el fondo, puerta que conduce a 
una galería llena de cuadros, estatuas, armas, telas y toda 
suerte de objetos de arte. Puertas a derecha e izquierda. 



ESCENA PRLMERA 

ROBERTO^ REGNAULT, GERARDO 
GERARDO 



Sirviendo los licores: a Reg- 
nault. 



¿«Fine champagne»? 



REGNAULT 

Sí... Así... Gracias. 

ROBERTO 

Eramos los únicos fumadores en la mesa. No 
tiene usted más remedio que soportar mi com- 
pañía todo el tiempo que duren estos cigarros. 



74 — DARÍO NICODEMI 



REGNAULT 



Fumaré lo más despacio que pueda, querido 
duque. 



GERARDO 

¿También «fine champagne» para el señor 
duque? 



ROBERTO 

Un poco... Basta... Gracias. 

REGNAULT 

¡Prodigioso licor! 

GERARDO 

1.812. Bodegas del Emperador. 

REGNAULT 

En efecto: sabe a gloria. 

ROBERTO 

¿Prefiere usted que fumemos aquí, o pasean- 
do por el jardín? 



LA ENEMIGA — JO 



REGNAÜLT 

Ya que me hace usted el honor de consultar- 
me, prefiero continuar en este admirable sillón. 
Fumar paseando, al aire libre, es dejarse ro- 
bar, por el movimiento y por el aire, un cuarto 
de cigarro. 

ROBERTO 

A Gerardo. 

Al salir, cierre usted la puerta para que no 
se pierda ni un átomo del cig-arro del señor 
Regnault. 

REGNAULT 

Mi viejo sibaritismo lo agradece devota- 
mente. 

GERARDO 

¿Tiene algo más que mandar el señor duque? 

ROBERTO 

Nada; gracias. 

Sale Gerardo. 
REGNAULT 

Marta me ha comunicado su deseo de hablar 
conmiíTo esta noche. 



76 — DARÍO NICODEMI 



ROBERTO 



vSí, es verdad... Pero, en este momento, es 
usted una imagen tan perfecta de la beatitud, 
que me parece un crimen de lesa felicidad tur- 
barle a usted... 



REGNAÜLT 

¡Oh, mi joven y querido duque! Me da ver- 
güenza confesarlo; pero turbarme a mí, es di- 
fícil; es casi imposible. Algunas veces he pro- 
curado conmoverme, o por lo menos, aparen- 
tar que me conmovía... ;y lo creerá usted? no lo 
he logrado nunca. No lo oculto, ni puedo ocul- 
tarlo: desde el punto de vista de la sensibilidad, 
so}^ lo que podríamos llamar un carácter com- 
pletamente fracasado... Pero volviendo a sus 
reparos de usted, tan corteses; a su miedo de 
impresionarme, ¿es que, por desgracia, se tra- 
ta de algo poco agradable? 



ROBERTO 

Sí, mi querido RegnauU; de algo muy poco 
agradable y muy penoso. 

REGNAÜLT 

¡Oh, cuánto lo siento... por usted!... Estoy 
apenadísimo. Y dígame usted ¿cree usted abso- 
lutamente indispensable decírmelo? 



LA ENEMIGA — 77 
ROBERTO 

No hay más remedio. 

REGXAULT 

Entonces, hable usted. Lo que no tiene reme- 
dio viene a ser indiferente para mí. So}^ todo 
oídos. 



ROBERTO 

Pues hablemos... ¿Todavía, un poco de cog- 
nac? 



REGNAULT 

Siempre. 

Roberto le sirve. 

¡Qué transparencia! ¡Qué color!... Es una 
esencia desoí. 

Bebe, a pequeñísimos sorbos 

De modo que se trata... 

ROBERTO 

De rogar a la señorita Regnault, su hija de 
usted, que interrumpa sus visitas a esta casa. 
Y 3^0 le pido a usted que crea. . . 



78 — DARÍO NICODEMI 



REGNA ULT 



Creo, señor duque, creo. Creo por deber, por 
hábito, por exigencias de mi profesión; creo. 
Pero, ¿no podría saber el motivo de tanta seve- 
ridad? 



ROBERTO 

Por mí, no. 

REGNAULT 

Ya. Condena sin proceso; sumarísima... De- 
duzco que el motivo ha de ser grave. 

ROBERTO 

Lo es. 

REGNAULT 

¿íntimo? 

ROBERTO 

Su hija de usted le informará, si quiere. 

REGNAULT 

Levanto acta... Y ahora, para regular mi 



LA ENEMIGA — 79 

conducta futura en esta casa, ¿puedo hacerle a 
usted una pregunta? La duquesa y la condesa, 
¿conocen y aprueban la expulsión? 

ROBERTO 

Exagera usted... 

REGNAULT 

Tal vez... por falta de tiempo o de imagina- 
ción, tal vez. Vamos a ver. Desde que está us- 
ted en el mundo ha podido usted comprobar 
que a Marta se la recibe con afecto en esta casa. 
Repentinamente le cierra usted sus puertas, 
sin apelación, al parecer. Yo me he permitido 
llamar a esto una expulsión. Pues no he exage- 
rado; es una expulsión. De todos modos, la pa- 
labra no aumenta ni disminuye la importancia 
del hecho. Y en cuanto al hecho... 

ROBERTO 

Yo le agradeceré, Regnault, que busque us- 
ted mismo un pretexto para justificarlo a los 
ojos de mi madre y de mi abuela. 



REGNAULT 

No será difícil; un viaie. 



80— DARÍO NICODEMI 



ROBERTO 

Se ha abusado mucho de los viajes; no lo 
creerían. 

REGNAULT 

Un pretexto no es más que una verdad apa- 
rente y no es rig-urosamente necesario que la 
crean. Pero si usted lo prefiere, ya que estamos 
en un momento de actividad judicial enorme, 
podemos invocar el trabajo absorbente del des- 
pacho. 

ROBERTO 

Eso es. Porque parece que a su hija de usted 
le interesan mucho los asuntos de la notaría. 



REGx\AüLT 

Sí. Algunas veces, en las cuestiones más in- 
trincadas y más arduas, es de una clarividen- 
cia tan grande y de una precisión de consejo 
tan sorprendente, que he acabado por hacer de 
ella mi único y verdadero colaborador: es 
otro yo. 

ROBERTO 

¿Me permite usted, querido Regnault, que 
ponga otra vez a prueba su impasibilidad? 



LA ENEMIGA — 81 
REGNAULT 

Mi impasibilidad se considerará honradí- 
sima. 

ROBERTO 

La prueba es dura. 

REGNAULT 

El honor será más grande. 

ROBERTO 

Es usted perfecto. 

REGNAULT 

No es posible dejar de serlo en tan perfecta 
compañía. 

ROBERTO 

¿Otro vasito de... sol? 

REGNAULT 



Con mucho gusto. 



82— DARÍO NICODEMI 



ROBERTO 

Sirviendo el cognac. 

Todos los papeles de mi casa, las actas de 
nacimiento, de sucesión, de venta, los contra- 
tos matrimoniales, testamentos, declaraciones 
y cartas están en su notaría de usted desde 
hace un siglo, ¿verdad? 

REGNAULT 

Desde hace más de un siglo. Su bisabuelo de 
usted, Humberto de Nièvres, entró en relacio- 
nes con la notaría Regnault en 1792 cuando la 
primera Reptíblica. 

ROBERTO 

Pues a mí, querido Regnault, me disgusta 
que todos -esos documentos, oficiales o íntimos, 
se guarden en una notaría que dirige una mu- 
jer. 

REGNAULT 

Es mi hija, señor duque. 

ROBERTO 

Es una mujer, señor Regnault. 



LA ENEMIGA — S3 
REGNA ULT 

En la que tengo una absoluta confianza. 

ROBERTO 

Hace usted mal. 

regnai: LT 

Después de una pausa. 

¿El señor duque me ha hecho ya el honor de 
designarme un sucesor? 

ROBERTO 

Aún no. 

REGNAULT 

Si no me equivoco, creo tener en mi casa 
esta misma marca de habanos... 



Recoge del suelo el anillo de 
su cigarro. 



• «Águilas imperiales». Exactamente... ¿Quie- 
re usted hacerme el favor de venir a fumar un 
cigarro a mi despacho? 



84 - - DARÍO NICODEMI 



ROBERTO 

Mañana mismo, querido Regnault... Y aho- 
ra déjeme usted decirle que en aquella prime- 
ra República de titanes que ha nombrado us- 
ted, le habría sido posible encontrar un carác- 
ter dio^no del suyo. Pero en nuestra tercera Re- 
pública no tema usted ninguna competencia. 
Le felicito a usted. 



REGNAULT 



Se hace lo que se puede, señor duque. 



ESCENA II 

ROBERTO, REGNAULT y MARTA 

MARTA 

Llegando por la izquierda. 

Papá... i Oh! ¡Cuánto humo! 

REGNAULT 

¿Qué es? 



LA ENEMIGA — 85 



MARTA 



La duquesa quisiera saber por dónde andas 
de tu cigarro. 



REGNAULT 



Me quedan todavía dos o tres centímetros de 
felicidad. 



MARTA 



¿Puedo decirla que estarás a su disposición 
en cuanto acabes? 



REGNAULT 



Como siempre... Es decir, no; escúchame. 
Creo que no me enctientro bien. 



MARTA 

¿Tú? 

Mira a Roberto. 

¿Qué tienes? 

REGNAULT 

Debe ser lo que vulgarmente se llama jaque- 



86 — DARÍO NICODEMl 

ca. Engríelo, hemicránea; hemi, medio; kra- 
nioii, cráneo. Según el griego, me duele una 
mitad del cráneo. 

MARTA 

¡Es raro! 

REGNAULT 

¿Por qué? Si tengo cabeza, es natural que 
tenga cráneo. 

MARTA 

Quiero decir que es la primera vez que eso 
te ocurre. 

REGNAULT 

Cuando me muera, hija mía, será la primera 
vez que eso me ocurra. Y, sin embargo, me 
moriré lo mismo. 

MARTA 

¿Quieres que nos retiremos? 

REGNAULT 

y 

Sí; dile de mi parte a la duquesa... 






LA ENEMIGA — 87 
MARTA 

Lo que quieras. 

REGNAULT 

Voy contigo... ¿Dónde he dejado mi cartera? 

Va a buscarla al fondo. 
MARTA 



A Roberto, en voz baja y rá- 
pidamente. 



Estaba loca; no he dicho más que locuras; 
perdóneme usted. 



Le tiende una mano, que Ro- 
berto no estrecha. 



REGNAULT 



Que ha visto la repulsa de 
Roberto. 



Para ese cigarro... ¿le parece a usted una 
hora cómoda las cinco^ 



ROBERTO 

Iba a proponérsela a usted precisamente. 



88 — DARÍO NICODEMI 



ESCENA III 

ROBERTO, REGNAULT, MARTA, LA DUQUESA, 
LA CONDESA y FLORENCIA 

CONDESA 



Que entra del brazo de Flo- 
rencia y seguida de su hija. 



¡Uf!... ¡Qué infierno! 



REGNAULT 



Presento mis excusas por la parte de humo 
que me corresponde. 



CONDESA 



Regnault, fuma usted como un turco. ¿No 
sabe usted que el tabaco es un veneno? 



REGNAULT 



¡Pero tan lento, condesa! Hace cincuenta 
años que fumo... 



LA ENEMIGA — 89 



CONDESA 



Y así tiene usted una cabeza que parece de 
pipa. 

REGNA ULT 

Una cabeza vacía^ en este momento. Yo creo 
que entre el humo y ese maravilloso licor... 

CONDESA 

¿Borracho, además? No le falta a usted nada. 

REGNAULT 

Sí señora. Ahora me falta la lucidez necesa- 
ria para afrontar una conversación de nego- 
cios. Y me permito rogar a usted que me con- 
ceda un aplazamiento. 

CONDESA 

¡Regnault, aplazando una consulta!... ¡Sálve- 
se el que pueda! Esto es la fin del mundo. 

REGNAULT 

Una hemicránea intolerable, condesa; la pri- 
mera de mi vida. 



90 — DARÍO NICODEMI 



CONDESA 



Pues no pierda usted el tiempo. Encomiende 
a Dios lo que tenga usted en lugar de alma, 
porque eso es que va usted a morirse pronto, 
Regnault. 

REGXAULT 

Pediremos un aplazamiento también para 
eso..., duquesa... 

DUQUESA 

Le espero a usted mañana con Marta; la ne- 
cesito también. 

REGNAULT 

Es usted excesivamente buena con mi hija; 
pero, con todo el sentimiento de este mundo, 
debo advertirle a usted que Marta no podrá ve- 
nir mañana. 



CONDESA 

¿Va usted a traspasarle su jaqueca- 

DUQUESA 

¿Pero por qué, Regnault? 



LA ENEMIGA— 91 



MARTA 



Papá tendrá ocupaciones en el despacho, que 
yo ignoraba. 



DUQUESA 

Peor para él... Hasta mañana... Tengo em- 
peño en contar con ustedes. 



MARTA 

Yo creo que de todos modos... 

DUQUESA 

Ni una palabra; hasta mañana, hija mía. 

ROBERTO 

¿Pero por qué insistir así, mamá? 

Un gran silencio glacial. 
CONDESA 



¡Oh, oh! Esto es más grave... ¿Qué pasa, Ro- 
berto? 



92— DARÍO NICODEMl 

• DUQUESA 

A Roberto, que no contesta. 

Tu abuela te pregunta qué pasa. 

ROBERTO 

Nada, mamá. 

DUQUESA 

¿Estás seguro? 

ROBERTO 

Sí, mamá. 

DUQUESA 

Entonces... Hazme el favor de rogar a la 
señorita Regnault que venga aquí, mañana. 

MARTA 

Duquesa... 

DUQUESA 

No, no; espera. 



LA ENEMIGA — 93 



ROBERTO 

Un momento. Florencia acaba de decirme 
que Gastón está empeñado con su padre en una 
partida de ajedrez bastante seria. Gastón no es 
muy fuerte. Pido a ustedes permiso para ir a 
socorrerle. 

DUQUESA 



Reprimiendo su cólera con 
dificultad. 



Oh, es demasiado! 



CONDESA 

A Mana. 

¿Quieres decirme qué ha pasado, Marta? 

MARTA 

No lo sé, condesa. 

CONDESA 

¿Vusted, Regnault? 

REGNAULT 

Yo... Permítame usted besar sus manos con 
todos mis respetos, condesa. 



94 — DARÍO NICODEMl 



DUQUESA 

No se hable más, hija mía. No falten ustedes 
mañana... No podría perdonarles... ¡Silencio' 
silencio! No admito más excusas que las de mi 
hijo sobre este particular; y entre tanto, acep- 
ten ustedes las mías. 



REGNAULT 

Duquesa... 

DUQUESA 

Y no tarde usted, Regnault. Tendremos mu- 
cho que hacer. Hasta mañana, hija mía... No: 
ni una palabra más... 



Les acompaña hasta la puer- 
ta del fondo. 



ESCENA IV 

DUQUESA, CONDESA^ FLORENCIA 

DUQUESA 

Se vuelve excitada. 

¡Escandaloso!... Esto es ya escandaloso. 



LA ENEMIGA — 95 



CONDESA 

Y tú, exagerada... Escandaloso me parece 
demasiado. 

DUQUESA 

Búsqueme usted una palabra que pinte mejor 
la actitud de Roberto. 



CONDESA 

No la buscaré, porque no vale la pena. 

DUQUESA 

Es usted demasiado indulgente. 

CONDESA 

Deberías imitarme. 

FLORENCIA 

Ha sido un pronto de Roberto. A estas horas, 
debe estar arrepentido. 

CONDESA 

¡Es claro! Está nervioso... Ya lo habéis visto 
en la mesa. 



96 — DARÍO NICODEMI 



DUQUESA 

He visto que no hacía nino-ún esfuerzo por 
disimular su malhumor. 



CONDESA 

Eso te demuestra la espontaneidad de su ca- 
rácter. 



DUQUESA 

Eso me demuestra su pésima educación. Y es- 
toy decidida a no tolerárselo; a él m.enos que 
a nadie. 



CONDESA 

¡Por supuesto!... En cuanto se trata de Ro- 
berto, no te cuesta trabajo ser exigente. 



DUQUESA 

Sería ig-ual si se tratara de Gastón 

CONDESA 

¡Oh, no! 



LA ENEMIGA — 97 



DUQUESA 

Y Gastón no se habría permiüdo jamás fal- 
tar a un almuerzo que ofrecíamos al obispo. 

CONDESA 

Su Ilustrísima ha comido lo mismo y con 
apetito envidiable. 

DUQUESA 

;Qué causa puede tener su malhumor cons- 
tante? 

CONDESA 

No sabemos. 

DUQUESA 

¡Ning-una! En todo caso, su deplorable edu- 
cación. 

CONDESA 

Debías darle otra. 

DUQUESA 

Diga usted que no he hecho bastante por él. 



98— DARÍO NICODEMI 



CONDESA 

Severa. 

Has hecho tu deber, y nada más. 

DUQUESA 

Pues hágame usted responsable de todas sus 
rarezas. No, mamá, por favor, no volvamos a 
empezar. 

CONDESA 

Por mi gusto no habría empezado nunca. 

DUQUESA 

Esta eterna discusión se hace más inaguan- 
table cada vez. 

CONDESA 

Porque, sin darte cuenta, tú estás cada vez 
más irascible. 

DUQUESA 

Atribuidlo a la imperdonable bondad con que 
tratáis todos a Roberto. 



LA ENEMIGA— 99 



CONDESA 



No hay bondad que sea imperdonable. No 
quisiera tener sobre mi conciencia más peca- 
dos que los de mi bondad. 



DUQUESA 

Está bien. ¿Hablemos de otra cosa?... Flo- 
rencia, hijita, perdónanos esta pequeña escena 
de familia... Pero tú estás a punto de entrar 
también en la familia y te es más fácil perdo- 
nar, ¿verdad? 

CONDESA 

En lugar de disputarnos como verduleras, 
hemos podido interrogar a nuestra linda Fio 
sobre el pésimo humor de Roberto. 

FLORENCIA 

¿A mí, condesa? 

CONDESA 

¡A ti, señorita! No has dejado un instante de 
charlar con él; ¿puede saberse de qué habla- 
bais? 



100— DARÍO MCODEMI 

FLORENCIA 

¡Oh, sí! Roberto me elecí¿i que va a hacer un 
viaje largo.. 

CONDESA 

Agitadií;ima. 

¿Cómo?... ¡Un viaje largo!... ;Es posible?... 

FLORENCIA 

Roberto es muy joven, condesa... Y aunque 
se vaya, tiene tiempo de volver. 



CONDESA 



¿Y yo? ¿Tengo tiempo de esperarle yo? Va- 
mos a ver... ¿A qué viene esa idea? ¿Qué manía 
le ha entrado? ¿Por qué quiere hacer un viaje 
largo? ¿Y a dónde? 



FLORENCIA 

A las Indias. 

CONDESA 



¿Qué? ¿Cómo has dicho?... ¡Quiere ir a las 
Indias! ¡Roberto!... ¿Has oído, Ana? ¡A las In- 
dias!... ¡El teléfono! ¡Pero en seguida! ¡Un mé- 



LA ENEMIGA— 101 

dico! ¡Llamad a un mèdico! Es necesario cui- 
dar a ese muchacho, porque se ha vuelto loco. 

DUQUESA 

Cálmate, mamá. 

CONDESA 

¿Que me calme?... ¡Él se va a las Indias y 
quieres que yo me calme! 

FLORENX'IA 

No me había hablado nunca de ese viaje. 

CONDESA 

Ni a nadie. Esa sí que es una rareza. ¡Ah, 
pero veremos! ¡Yo quiero saberlo todo! ¡Quie- 
ro que me digan qué tenemos que ver nosotros 
con las Indias para que nos amarguen la vida 
así, de repente!... No, no te calles, hijita; te lo 
ruego. Cuéntame esa historia de las Indias, 
porque te aseguro que no veo claro, que no 
veo claro... 

FLORENCIA 

Voy a contarles a ustedes la historia de las 
Indias; pero hade hacer ustevl lo j^osible por 
calmarse... ; Convenido? 



102— DARÍO NICODEMl 



CONDESA 

Lo prometo. Y prometo además no interrum- 
pirte. 

FLORENCIA 

Pues señor... Las Indias eran un país vastí- 
simo donde una noche cayeron dos ingleses de 
las nubes... No sabían a punto fijo qué tierra 
pisaban; y empezaron a recorrerla en todos 
sentidos... Y andando, andando, encontraron 
ag-ua. Uno de los ingleses la probó, mojando 
un dedo, 3^ dijo: «Salada»... «Hurra— dijo el 
otro — ; el mar; estamos en casa». Y desde aquel 
día las Indias fueron inglesas. 

CONDESA 

No estoy para bromas... Déjate... ¿A qué va 
Roberto a las Indias? 

FLORENCIA 

A respirar otro aire, según dice. 

CONDESA 

;Nada menos?... ¿Es que el aire de su casa, 
el que respiramos los demás, su madre y yo, 



\ 



LA ENEMIGA— 103 

no es bastante puro para él? ¿Y esta idea ge- 
nial se le ha ocurrido así, de pronto?... 

A la duquesa. 

¿Te parece a ti?... ¡Pero Ana! Te dicen que 
tu hijo mayor se va a las Indias, una tierra 
que no sabemos si existe, porque nada nos 
prueba su existencia; que tal vez está llena de 
peligros, de enfermedades, de monstruos, de 
precipicios, de tigres y de bayaderas; te dicen 
todo esto ¿y no te inmutas? No llamas en el 
acto a ese mozalbete para decirle que en vez 
de mandarle a las Indias le mandaremos a un 
manicomio? ¿Pero qué tienes en lugar de san- 
gre? ¿Horchata? 



DUQUESA 

Todo se lo diré, mamá; pero usted cálmese... 
No lo va3'a a pagar el corazón. 



CONDESA 

¡Bah! Mi corazón es un viejo cascabel que, 
por lo visto no puede estar quieto... 

A Florencia. 

También tú deberías hablarle a Roberto y 
ajustaiie las cuentas. 



104 — DARÍO NICODEMI 



FLORENCIA 

Yo me voy, condesa. 

CONDESA 

¿A las Indias? 

FLORENCIA 

A Londres... Y creo que ya es hora de avi- 
sar a papá. Cuando juega al ajedrez se olvida 
de todo; hasta de mí. Con permiso... 



DUQUESA 

Quédate un momento... Te lo ruego... ¿No te 
parece que tal vez tenemos algo que decirnos 
tú y yoV 

CONDESA 

Levantándose. 

¿Estorbo?... 



DUQUESA 

Al revés; nos hará usted un favor quedándo- 
se. Florencia va a hablarnos a las dos como a 
dos viejas amigas. 



LA ENEMIGA -105 
CONDESA 

Lo de viejas, lo dirás por ti. 

DUQUESA 

Tu padre debe haberte dicho... 

FLORENXIA 

Todo, corno siempre. Pero mi padre no tiene 
nada que ver con estas cosas. El corazón es un 
tesoro que debemos administrar nosotros mis- 
mos. Y papá no tendrá derecho a intervenir 
más que en un caso de elección indigna. Aquí, 
no existía ese peligro. 

DUQUESA 

Gracias. 

CONDESA 

Para sí. 

¡A las Indias!... \A las Indias! 

DUQUESA 

Mamá... 



106— DARÍO NICODEMI 

CONDESA 

¡Ah!... Sí... ¿Qué estábamos diciendo? 

DUQUESA 

Habla con toda libertad, sinceramente. 

FLORENCIA 

Yo hablo siempre así. Conozco a Roberto y 
a Gastón desde... desde siempre. No tcng"o 
otros amigos. Los dos son muy buenos, muy 
simpáticos... 

CONDESA 

Pero como no te dejarán casarte con los dos, 
no tienes más remedio que escog'er. 

FLORENCIA 

Sé que Roberto ha sido favorecido por la 
suerte. 

CONDESA 



Era el mayor: es natural. 



LA ENEMIGA— lOi 
DUQUESA 

No hablamos de eso, ahora. 

FLORE>:CIA 

Y por lo mismo, atendiendo a los consejos de 
mi padre y por espíritu de justicia, yo he que- 
rido, con todas mis fuerzas, secundar los deseos 
de usted y sus pro3^ectos; inclinarme del lado 
en que había menos riquezas, menos honores, 
menos títulos... 



Eres un ángel, 



DUQUESA 



CONDESA 



Un ángel... inglés; porque razona como un 
abogado. 

DUQUESA 

Sigue, monina. 

FLORENCIA 

Yo pensaba: puesto que Gastón es el menos 
afortunado, yo quiero ofrecerle con mi cariño 
y mi amistad todo lo que le falta para ser casi 



108— DARÍO XICODEMI 

igual que su hermano... Así realizaré un acto 
de reparación, haré feliz a una madre y no po- 
dré tacharme nunca de ambiciosa... Pues así, 
poco a poco... 

DUQUESA 

No te detengas. 

FLORENCIA 

Quiero decir, que poco a poco... 

CONDESA 

A pesar de los propósitos irrevocables de tu 
cerebro, tu corazón ha dispuesto las cosas de 
otro modo. 

DUQUESA 

No sé qué quiere usted decir... 

CONDESA 

Porque tú estás siempre en babia... Floren- 
cia había decidido, había resuelto enamorar- 
se de Gastón; 5^ precisamente por eso se ha 
enamorado de Roberto. 



LA ENEMIGA— 109 
DUQUESA 

Déjela usted hablar, mamá. 

CONDESA 

Estoy hablando por ella. 

DUQUESA 

No es verdad. Habla tú... 

CONDESA 

¿Pero no ves que, callando, te dice a gritos la 
verdad de su corazón? 

DUQUESA 

¡No! Florencia, tú no tienes nada de román- 
tica. 

CONDESA 

¿Qué?... Tiene muchísimo, tiene enormemen- 
te... Porque habiendo decidido amar por volun- 
tad, por razón y por lógica, acaba amando ^or 
amor, que después de todo, será siempre el 
mejor modo de amar... ¿No es eso? ¿Pues a qué 
obstinarte y llevarle la contraria?... ¡Piensa, 



110— DARÍO NICODEMI 

piensa lo que podría ocurrir si, amando a Ro- 
berto, se casara con Gastón!... ¡Acuérdate de 
Francesca de Rimini! 



DUQUESA 

Creo que se divierte usted atormentándome. . . 

FLORENCIA 

No. Ha dicho la verdad, duquesa. 

CONDESA 

Vamos... ¿No estás contenta? ¿Y a qué espe- 
ras para abrazarla?... Yo te beso y te abrazo, 
en el acto... eso es... y mi viejo cascabel repica 
de alegría, como nunca... 

A Ana. 

¿Qué tienes, mujer? ¿Pero es tan extraño que 
se enamoren de Roberto? ¿Pero es que se trata 
de un muchacho tuerto o jorobado? 

DUQUESA 

Mamá... Le pido a usted de rodillas que me 
hable seriamente... No, no tengo suerte... Bas- 
ta que yo forme un proyecto, tenga una idea, 
acaricie una esperanza, para que todo instan- 



LA ENEMIGA— 111 

táneamente se derrumbe corno por efecto de 
una maldición... ¡Siempre, siempre y todo, todo 
contra mí!... Es absurdo, es absurdo. 



FLORENCIA 

Perdóneme usted. 

CONDESA 

¿Por qué ha de perdonarte?... Ana, ¡eres tula 
absurda y la ingrata con Dios que te manda 
un ángel como éste para embellecer la vida de 
tu hijo! Mi palabra, que no te entiendo. Y esta 
vez no trates de negarme una parcialidad que 
empieza a ser odiosa... Déjame decírtelo como 
lo siento. 

DUQUESA 

Mamá, por sobra de respeto, no quiero dis- 
cutir. 

CONDESA 

No es que sobra el respeto; es que faltan ra- 
zones, y por eso no discutes. 

DUQUESA 

¡No me atormenten más! ¿Pero de qué le sir- 
ven a usted su inteligencia y su experiencia de 



112— DARÍO NICODEMI 

la vida, si no comprende usted que no puedo 
más, que estoy desesperada por este... no se 
qué... que se ha entrado en mi alma como un 
veneno y que me consume poco a poco? Mamá, 
¿por qué no quiere usted comprender que sufro 
como una condenada y que quisiera morir para 
acabar de ser demasiado justa o demasiado in- 
justa?... No, no, quédate, monina. Serás madre 
tú también }' bueno es que empieces a saber 
que en la inmensa dulzura de ser madre hay 
también muchas amarguras y muchas espi- 
nas... 

COxN'DESA 

¡Ana, Ana!... Piensa lo que dices... Piensa 
que la felicidad de Roberto no puede perjudi- 
car de ningún modo a la felicidad de Gastón... 



DUQUESA 

¡Oh!... Él no será nunca feliz. 

CONDESA 

Ahora blasfemas. 

DUQUESA 

Lo presiento sin saber por qué... Y este mie- 
do angustioso es el que ha creado un antago- 



LA ENEMIGA— 113 

nìsmo que yo no quería, que yo había jurado 
no querer... ¿Quú he hecho yo para llegar a 
esto? ¿Qué he hecho yo? 

CONDESA 

Has hecho lo que debías. Tal vez más. Y de- 
bes sentirte orgullosa. 



DUQUESA 

¿Pero 3i fuera punible, si fuera un delito ir 
más allá de nuestros deberes? ;Si hubiera lími- 
tes hasta para el deber? No sé; ya no me en- 
tiendo, ya no entiendo nada... Sólo me doy 
cuenta del infierno que he desencadenado en 
mi alma y del suplicio a que estoy clavada para 
siempre... ¡Quiero morir, mamá, quiero morir 
para castigarme! 

CONDESA 

¿Te callas, hija mía? ¿Quieres callarte 3" no 
decir esas cosas? ¿Pero es que te has propues- 
to amargarme las pocas horas de vida que me 
quedan? ¿Y cómo quieres que yo me vaya sere- 
namente de este mundo, si me obligas a mar- 
charme con el miedo de dejaros a todos en se- 
mejante discordia? Si allá arriba se piensa to- 
davía en los seres que nos fueron queridos, ¡tú 
imagínate mi angustia, al saberos desunidos y 
hostiles unos a otros!... He vivido casi una éter- 



114— DARÍO NICODEMI 

nidad de inquietudes porque he sido hija, espo- 
sa, madre, abueHta. . . ¿Quieres tú que mis in quie- 
tudes, después de muerta, duren otra eterni- 
dad? ¡Evítame este cáliz, Ana querida! Yo he 
compartido todas tus alegrías y todas tus pe- 
nas desde que estás en el mundo... No te he 
dejado dar un paso sola... Y si ahora, algunas 
veces, desaparezco, hago pequeños viajes, no 
es por gusto, es para acostumbrarte poco a 
poco a no verme... para prepararte poquito a 
poco a la gran separación... ¡Vamos! Créeme... 
pon un poco de paz en tu corazón... No olvi- 
des que para ser madre no basta ser animosa; 
es necesario ser heroica; no basta saber sufrir; 
es necesario sufrir sin saber por qué... No lo 
olvides... ¡Ea!... Y basta, basta... ¿No ves, Ana? 
He hecho llorar a un ángel inglés... No me ha- 
bía sucedido nunca... Vamos, dime, ¿cuándo 
volverás a Francia? 



FLORENCIA 



Creo que dentro de dos semanas. 



CONDESA 

Pues dentro de dos semanas acabaremos esta 
conversación. Y dejaremos que tu padre tome 
parte en ella. . . porque, después de todo, íú vas 
a casarte, yo creo que es mejor que tu padre lo 
sepa... ¿No te parece, Ana? 



LA EXEMIGA — 11' 



DUQUESA 

Sí, mamá. Como usted quiera, 

CONDESA 

¿Estás más tranquila? 

DUQUESA 

Sí. 

CONDESA 

Bien hecho... Bien hecho. 



ESCENA V 

LA CONDESA, LA DUQUESA, GASTÓN, FLORENCLA 
y GERARDO 

GASTÓN 

¡El honor del nombre queda a salvo! ¡Un par 
de jugadas y Roberto habrá derrotado al terri- 
ble lord Lumb!... ;Pero qué ha sucedido? ¿Qué 
caras tienen ustedes? 



116 — DARÍO XICODKMl 



CONDESA 

No eres galante . Has podido decir: ¡qué bo- 
nitas caras tienen ustedes! 



GASTÓN 

Muy bonitas; pero un poco largas... ¿Qué 
ocurre? 



FLORENCIA 

Voy a decirle a papá que es tarde... y que 
debemos marcharnos 



Sale. 



Gastón. 



Mamá. 



DUQUESA 



GASTÓN 



DUQUESA 



Hace unos meses me dijiste que tu amistad 
por Florencia empezaba a transformarse en un 
sentimiento más vivo, más... 



LA ENEMIGA— 117 
GASTÓN 

Me engañaba. 

DUQUESA 

o me engañas. 

GASTÓN 

No. 

DUQUESA 

¿Has hablado ya con Florencia? 

GASTÓN 

Sí... pero no de mí... De Roberto... ¡Se ado- 
ran! 

DUQUESA 

¿Cómo lo has sabido? 

GASTÓN 

Lo he adivinado. 

DUQUESA 

^^Sufriendo? 



118— DARÍO NICODEMI 



GASTÓN 

No. 

DUQUESA 

¿De verdad? 

GASTÓN 

De verdad. 

DUQUESA 

¿Ninguna amargura, ningún disgusto? 

GASTÓN 

No. Es decir... Tendría un disgusto si alguien 
o algo pudiera ser un obstáculo a la unión de 
esos dos seres tan buenos y tan adorables... 
Mamá: y ya que hablamos de Roberto, yo qui- 
siera hacerte ima súplica. 

DUQUESA 

Di. 

GASTÓN 

Roberto se cree un poco distanciado de ti... 
y sufre mucho... mucho más de lo que tú pue- 



LA ENEMIGA— 119 

des imaginarte... Vuelve a acercarte a él, como 
antes... Hazle sentir, como antes, que somos 
perfectamente iguales para ti... Quiérele mu- 
cho, si yo he de gozar sin remordimientos de 
lo mucho que a mí me quieres. Esta era la sú- 
plica, mamá. 

DUQUESA 

Todos estáis ciegos por él... Está bien, Gas- 
tón. He comprendido. 

Se dirige al fondo para pul- 
sar el botón de un timbre. 

CONDESA 

¡Dame un beso!... ¡Pero insiste, insiste, hijo 
de mi alma! Porque, si no, lo perdemos a Ro- 
berto. 

GASTÓN 

Lo sé, lo sé, abuelita. 

DUQUESA 

A Gerardo. 

Lord Lumb y su hija van a salir. Que esté 
todo a punto. 

GERARDO 

Sí, excelencia. 

Sale, 



1 'JO— DARÍO NICODEMI 



ESCENA VI 



CONDESA, DUQUESA, GASTÓN, ROBERTO, FLORENCIA, 
LORD LUMB 



LUMB 

Roberto me ha deshecho, me ha pulverizado 
como a un principiante. 

CONDESA 

Se desquitará usted a la vuelta. Dentro de 
dos semanas. 

LUMB 

Lo veo difícil. Roberto es un jugador atrevi- 
do y arbitiario que me hace perder la sere- 
nidad. 

FLORENCL\ 

Y que te hará perder el tren, si no te das pri- 
sa... ¿Vamos? 

GASTÓN 

Mamá ha dado sus órdenes y todo estará a 
punto. 



LA ENEMIGA — 121 
LUMB 

Duquesa... gracias, siempre. 

DUQUESA 

¿QueiTii usted hacer el favor de venir a char- 
lar unos momentos conmigo, en cuanto vuelva 
usted a Francia? 

LUiMB 

Será una obligación gratísima para mí. 



DUQUESA 

Pues hasta muy pronto. 



CONDESA 



Les acompaño a ustedes para dar unos pasos 
antes de acostarme. 



GASTÓN 

Apóyate en mi brazo, abuelita. 

CONDESA 

Buenas noches, Ana. 



122— DARÍO NICODEMI 

DUQUESA 

Buenas noches... 

Besando a Gastón. 

Que descanses, hijo mío. 

FLORENCIA 

Good bye, Bob. 

ROBERTO 

Good bye, darling. 

Salen todos: Roberto les 
acompaña hasta la puerta del 
fondo. 

ESCENA VII 

DUQUESA y ROBERTO 
DUQUESA 

¿Te quedas, para disculparte? 

ROBERTO 

vSí, man^á, 



LA ENEMIGA — 123 
DUQUESA 

Un poco tarde. 

ROBERTO 

Discúlpame también por eso. 

DUQUESA 

Quiero creer lo que has dicho; nada grave ha 
sucedido entre tií y los Regnault. 

ROBERTO 

No, mamá. 

DUQUESA 

Ni con el padre, ni con la hija. 

ROBERTO 

Nada absolutamente. 

DUQUESA 

Entonces, ¿cómo justificas?... 



124— DARÍO NICODEMI 



ROBERTO 

No sé... un rapto involuntario de impacien- 
cia. 

DUQUESA 

Un rapto de impaciencia que, sin motivo al- 
guno, te obliga a conducirte mal, agriamente, 
con un buen amigo, y lo que es peor y más an- 
tipático, con una señorita... No sé como decirte 
hasta qué punto tu conducta me parece deplo- 
rable y reprobable. 

ROBERTO 

Estoy arrepentido, mamá. 

DUQUESA 

No basta. 

ROBERTO 

¿Qué he de hacer? 

DUQUESA 

Ya que no sabes refrenar tus prontos y las 
rarezas de tus nervios, acostúmbrate, por lo 
menos, a la humildad de presentar en seguida 
tus excusas a las personas que ofendes y morti- 
ficas tan injustamente. 



i 



LA ENEMIGA— 125 
ROBERTO 

Mañana iré a casa de Regnaiilt. 

DUQUESA 

Es tu deber... Como será tu deber, en adelan- 
te, no volver a dejarte llevar de esos raptos. No 
basta pertenecer a una casa como la nuestra; 
es necesario saber pertenecer. Y tú debes co- 
rregirte. 

ROBERTO 

Te lo prometo, mamá.. .¿Quieres perdonarme? 

DUQUESA 

Sí; contando con tu promesa. 

ROBERTO 

Gracias. 



DUQUESA 

Estoy cansada del día de ho}', que ha sido 
poco agradable... Y todavía tengo que escribir 
algunas cartas. 



126— DARÍO NICODEMI 



ROBERTO 

Ya me vo}'-, mamá. 

DUQUESA 

Buenas noches. Hasta mañana, 



Va a sentarse ante au escri- 
torio. 



ROBERTO 



Sí. 



Mamá. 



Llega al fondo, se detiene en 
la puerta; vuelve como vacilan- 
do y habla con timidez. 



DUQUESA 

Ah... ¿No te has ido? 

ROBERTO 



Dirás que es otra rareza mía lo que quisiera I 

pedirte. 



DUQUESA 



¿Qué? 



LA ENEMIGA — 127 
ROBERTO 

Un beso. 

DUQUESA 

¿De despedida... tal vez? 

ROBERTO 

¿Por qué? 

DUQUESA 

¿No vas a marcharte pronto? 

ROBERTO 

¿Yo?... ¿Quién te lo ha dicho? 

DUQUESA 

Florencia... por casualidad... ¿Te contraría? 

ROBERTO 

No. Pero habría preferido decírtelo yo mismo. 



128— DARÍO NICODEMl 

DUQUESA 

Luego estás completamente decidido a hacer 
ese viaje. 

ROBERTO 

Ese u otro.., Lo mismo da. 

<s^ DUQUESA 

No llevas un propósito determinado. 

ROBERTO 

Sí; alejarme. 

DUQUESA 

¿De mí? 

ROBERTO 

De esta casa. 

DUQUESA 

¿Y cuándo te vas? 



LA ENEMIGA— 129 



ROBERTO 

Cuando tenga tu consentimiento. 

, DUQUESA 

Naturalmente, ni siquiera has pensado en la 
posibilidad, al fin y al cabo lógica, de una ne- 
gativa por mi parte. 

ROBERTO 

En efecto, no he pensado. Porque una negati- 
va equivaldría a un acto de ternura por tu par- 
te, y desde hace algún tiempo no me los pro- 
digas. 

DUQUESA 

De modo, que si yo me opusiera. .. 

ROBERTO 

Sería pura fórmula. 

DUQUESA 

¿Y te irías, a pesar de todo? 

ROBERTO 

Sí. 



130— DARÍO NICODEMI 



DUQUESA 

Eres mu3' dueño. Haz lo que quieras, como 
dueño y señor que eres de ti mismo, y no te pre- 
ocupes más de mi con sentimiento... Pero supon- 
^"o que todava'a tendremos tiempo de hablar. 



ROBERTO 

Cuando quieras 3^ tanto como quieras, mamá. 

DUQUESA 

En seguida. Esta tarde, tu abuelita, Floren- 
cia y yo, hemos hablado de ti... de ti y de Flo- 
rencia. Es un asunto delicado y grave que con- 
vendría dejar resuelto. 

ROBERTO 

Lo resuelvo en el acto; mi matrimonio con 
Florencia es imposible. 

DUQUESA 

Me han asegurado que la querías. 

ROBERTO 

Es verdad. 



LA ENEMIGA— 131 



DUQUESA 

¿Pues a qué viene esa renuncia repentina y 
categórica? 

ROBERTO 

Cuando tropezamos en la vida con una cria- 
tura como Florencia Lumb, no basta ofrecerle 
la alegría de nuestro cariño, es necesario ofre- 
cerle además el gusto, la alegría de vivir. Y yo, 
de esa alegría, no tengo para dar a nadie, 
mamá. 



DUQUESA 

Eres exigente con la vida,.. ¿Qué te falta? 
Tienes un gran nombre... 



ROBERTO 

Que quisiera llevar con orgullo. 

DUQUESA 

Un patrimonio inmenso... 

ROBERTO 

Que quisiera hacerme perdonar. 



132— DARÍO NICODEMl 



DUQUESA 

Y por añadidura, la Naturaleza te ha propor- 
cionado un don que está por encima de todos 
los méritos, de todos los talentos y de todas las 
virtudes; porque es un don que no se discute: 
el don de agradar. 

ROBERTO 

Si lo tengo, lo he recibido de ti. 

DUQUESA 

¡Oh, y tú agradas siempre, estés donde estés, 
hagas lo que hagas, a todos! 

ROBERTO 

¿A todos? 

DUQUESA 

Sí. Tu abuelita es tan parcial que se revuel- 
ve contra mí a la menor observación que me 
permito. Tu hermano te admira y te adora... 
hasta el sacrificio... yo sé por qué lo digo. Mar- 
ta Regnault, a quien has mortificado, apenas 
puede ocultar sus sentimientos, y si no te ha 
hablado de ellos todavía, te hablará muy pron- 
to; imitará a Florencia que no ha tenido el me- 



LA ENEMIGA — 133 



ñor empacho en confesar su amor... ¿No te bas- 
ta? Creo que sin necesidad de buscar mucho, la 
lista es lisonjera. 

ROBERTO 

Sí, mamá... si te incluyera a ti. 

DUQUESA 

El cariño de una madre es una cosa tan na- 
tural, que no debe contarse entre los privile- 
gios de la vida. 

ROBERTO 

¡Para contar, o para volver a contar con él, 
yo daría con entusiasmo todos los demás! Ma- 
má... y ya que casualmente, por primera y aca- 
so por última vez hablamos de esto, déjame de- 
cirte lo que por razones que no se me alcanzan, 
llevo tanto tiempo sin decirte. Yo no tengo más 
que una adoración: tú, mamá. 

DUQUESA 

Y por eso, sin duda, has decidido marcharte. 

ROBERTO 
Sí. 



134— DARÍO NICODEMI 



DUQUESA 

Es extraño. 

ROBERTO 



Es lógico. Hasta hace poco, tu cariño y tu 
confianza eran los únicos bienes de mi vida. 
Desde que no cuento con ellos... 

DUQUESA 

Deliras... 

ROBERTO 

Desde que no cuento con ellos, me parece 
que vivo solo, en un desierto donde mi cariño 
por ti se muere de hambre y de sed,.. Es lógico 
que quiera escaparme. 

DUQUESA 

No estás en tu juicio. Lo que piensas, lo que 
dices, son locuras. 

ROBERTO 

Sí... Yo también lo creo muchas veces; cuan- 
do me pregunto '?;por qué?» y no puedo contes- 
tarme. Entonces, aquí dentro, es un tumulto de 



LA ENEMIGA— 135 

ideas, de desesperaciones y delirios que positi- 
vamente ahog-an mi razón. Y me callo; me ca- 
llo siempre; me callo tenazmente; me callo, por 
miedo a hacerte sufrir. 



DUQUESA 

Haces bien... no me faltaría más... Yo he lle- 
vado mi cruz en este mundo y no ha sido lige- 
ra; créelo. La he llevado, hasta ho}', lo mejor 
que he podido, sin quejarme y sin protestar de- 
masiado, aunque los sitios de reposo y los des- 
cansos haA^an sido raros para mí. Pero te con- 
fieso que no tendría fuerzas para volverá empe- 
zar. Ya estás en edad de comprenderlo, y lo úni- 
co que tú puedes hacer para pagarme todo lo 
indecible que 3^0 he hecho por ti, es ahorrarme 
nuevos dolores. 

ROBERTO 

Para ahorrártelos es necesario que me mar- 
che. 

DUQUESA 

Cada vez te entiendo menos. 

ROBERTO . 

Es que no puedo explicarte... Es que... 
;Cómo decirte?... 



136— DARÍO NICODEMI 



DUQUESA 

Hablando con sencillez puede decirse todo. 

ROBERTO 

Para hablarte con sencillez necesitaría, en 
este momento, no sólo la inconsciencia de 
cuando era niño, sino además la voz, los ade- 
manes, las miradas de aquel tiempo. Necesita- 
ría la audacia inocente que sólo tienen las pa- 
labras de, los niños... Quisiera no saber hablar 
para hacerme comprender mejor... Pero a mi 
edad... ¡No puedo! ¡No puedo! 

DUQUESA 

Roberto... No hace mucho te aconsejaba que 
aprendieras a dominar tus nervios. En lugar 
de hacerlo, te dejas arrastrar por ellos hasta 
la convulsión, casi hasta las lág-rimas... ¿Qui- 
sieras ser niño? Puedes estar satisfecho; yo te 
aseguro que lo eres; nunca tan niño como 
ahora. 

ROBERTO 

Entonces... mamá... escúchame... escúcha- 
me. Reanudemos una conversación lejana, 
desvanecida, olvidada. Una conversación con 
aquel niño de entonces. Te lo ruego. Aunque 
no sea más que por curiosidad, escúchame un 
momento, un minuto. Y si te parezco risible, 



LA ENEMIGA— 137 

no hao^as caso, mamá... I^endría yo nueve años 
y una tarde estaba solo contigo, en esta misma 
sala, a tus pies, delante de este mismo sillón, 
casi en el suelo... No te muevas... Así, exacta- 
mente. 

Coge un almohadón, lo pone 
a los pies de su madre y se 
arrodilla en él. 

Miraba las láminas de un libro grande. De 
pronto, con una de esas curiosidades infanti- 
les que son irresistibles, te pregunté: «Mamá, 
¿por qué me quieres tanto?»... Tú me habías 
cogido la cabeza entre tus manos, me miraste 
en silencio mucho rato, con una mirada que 
sigue siendo el mejor de mis recuerdos, y me 
dijiste: «Nene, te quiero tanto porque... > No 
me dijiste más; pero 3^0, satisfecho por lo vis- 
to, me puse a mirar de nuevo las láminas... 
Mamá: han pasado los años, lentos y duros 
para ti, lo sé... Mi infancia queda lejos, tan 
lejos como una felicidad perdida... Pero yo 
sigo siempre a tus pies, te contemplo con el 
mismo cariño y te pregunto con la misma cu- 
riosidad: «Mamá: ;por qué 3'a no me quieres?» 

Y vencido por la emoción 
apoya su frente en el regazo 
de su madre y llora como un 
chiquillo. 



DUQUESA 



Conmovida a su vez, pero 
dominándose mejor. 

¿Qué te pasa, muchacho? ¿Qué escenas son 



138— DARÍO NICODEMI 



estas? ¡Vamos,. Roberto, vamos! ¿Quieres ha- 
i-erme el favor de calmarte? 



ROBERTO 

Dime qué tienes contra mí. 

DUQUESA 

Roberto, por Dios... No sé dónde irías a pa- 
rar si te dejásemos continuar por ese camino 
de extravagancias pelig-rosas. Serénate. Te lo 
ruego con toda mi alma, Roberto; te lo ruego. 

ROBERTO 

Entonces no pudiste satisfacer la curiosidad 
del niño; y hoy no quieres satisfacer la curio- 
sidad del hombre... ;Por qué? 

DUQUESA 

¿Qué voy a decirte?... Porque ha}^ curiosida- 
des absurdas, que desorientan, que no tienen 
respuesta lógica. 

ROBERTO 

Respóndeme sin lógica; pero respóndeme. 



LA ENEMIGA— 139 



DUQUKSA 

Nada de respuestas; un consejo excelente 
para tus nervios y los míos. Vete a descansar 
y déjame descansar a mí. 



ROBERTO 

Pero... 

DUQUESA 

Te lo ruego, Roberto. 

ROBERTO 

Ya sabes que no puedo negarme a un ruego 
tU3'o. 

DUQUESA 

Así me gusta. 

ROBERTO 

Así sea. Hasta mañana. 

DUQUESA 

Es la primera palabra razonable que has di- 
cho esta noche. Hasta mañana. 



140 —DARÍO NICODEMI 



ROBERTO 

Sí... 



Y permanece como clavado 
en el sitio, mirando a su madre 
fijamente. 



DUQUESA 

Nerviosa y casi viólenla. 



No, no; ya veo que no... ¿A qué vienen esos 
ojos, que parecen de inquisidor? Por última 
vez: ¿quieres pensar un poco en mí? No puedo 
más; esto}^ rendida... Pero, en definitiva, ¿qué 
es lo que deseas saber? ¿No están ahí los he- 
chos para responderte mejor que las palabras? 
¿Es que he faltado contigo a uno sólo de mis 
deberes? 



ROBERTO 

Sí; al de quererme. 

DUQUESA 

¡No sabes lo que dices! 

ROBERTO 

Al revés; dig:o esta noche lo que digo, por 
que se. 



LA ENEMIGA— 141 



■ Qué sabes: 



DUQUESA 



ROBERTO 



Todo. 

DUQUESA 

Todo no quiere decir nada. 

ROBERTO 

Y me parece más que nunca incomprensible, 
inadmisible, inhumano, que me trates como me 
tratas. 

DUQUESA 

Roberto, ¿quieres decirme?... 

ROBERTO 

Mamá, has cambiado la voz; has compren- 
dido. 

DUQUESA 

No, y haí;'o esfuerzos por comprender; ;qué 
es lo que sabes? 



142— DARÍO NICODEMI 

ROBERTO 

Sé... la impureza de mi nacimiento. 

DUQUESA 

Ansiosísima. 

Roberto: ¿qué es lo que has dicho? 

ROBERTO 

¿Por qué te exaltas así? 

DUQUESA 

Y ante todo... ¿Cómo? ¿Quién te ha hablado? 

ROBERTO 

¡Qué importa! 

DUQUESA 

Debo... ¡Quiero saber! 

ROBERTO 

Te basta con saber que no he sentido ningu- 
na humillación absurda, mamá. Ninguna dis- 



LA ENEMIGA— 143 

minución en mi cariño. Al revés; me parece que 
te estoy más agradecido; que teng-o una razón 
nueva para quererte, mamá. 

DUQUESA 

¿Pero cómo sabes? ¿Y por quién? ¿Quién se ha 
atrevido?... 

ROBERTO 

¿Temes reproches? 

DUQUESA 

Ninguno: de nadie. 

ROBERTO 

Y de mí menos que de nadie. 

DUQUESA 

Lo espero. 

ROBERTO 

Puedes estar segura, mamá. Y lo estarías, si 
pudieras imaginarte la extraña, la inefable ale- 
gría que he tenido al sentirme exclusivamente 
hijo tuyo... jDéjame hablar, mamá! ¡Me ahoga- 



144— DARÍO NICODEMI 

ba, hacía tanto tiempo!... Y esta revelación vie- 
ne a justificar tan plenamente la adoración ins- 
tintiva que sentía por ti... Me consta, mamá, me 
consta, que he sido admitido en esta casa por 
la clemencia del que fué tu marido... Con tal 
que tú me quieras, no me da vergüenza. Me 
consta que he recibido infinitamente más de lo 
que me corresponde. Me consta que debo repa- 
rar y devolver, aunque sólo sea por agradeci- 
miento... Y lo haré con entusiasmo, mamá; con 
pasión. Y tú me dirás qué debo hacer y cómo 
debo hacerlo. ¡Todo me parecerá fácil, si tú de- 
jas de considerarme únicamente como el peca- 
do de tu vida!... 



DUQUESA 

Con un rugido. 

¡Roberto! 

ROBERTO 



Disponiéndose a caer en sus 
brazos. 



Mamá... 

DUQUESA 

¡Vete! 



ROBERTO 



¡Mamá! 



LA ENEMIGA— 145 



DUQUESA 

¡No quiero oirte más! 

ROBERTO 

No me hables así. 



DUQUESA 

Tienes razón; no debo hablarte. ¡Salga usted 
de aquí! 

ROBERTO 

Como a un extraño. No necesitas tratarme 
así para que me vaya. Basta que me odies. 

DUQUESA 

Basta. 

ROBERTO 

Es amargo... pero lo comprendo... ¡Y ese fu- 
rioso impulso de dignidad, a última hora, me 
haría sonreír si no me asesinara! 

DUQUESA 

¡Dios mío, Dios del cielo, te hago la ofrenda 
de mi voz; enmudezca para el resto de mi vida, 
si me das la fuerza de callar ahora! 

h) 



146— DARÍO NICODEMI 



ROBERTO 

Así, mamá. Es mejor. ¡Enciéirate en tu rigi- 
dez social, en la austeridad de tu religión, en la 
vanidad de tus prejuicios; y cuando yo te llamo, 
calla, calla! 

DUQUESA 

¡Sí! ¡Callar, a costa de todo! 

ROBERTO 

Creía conmover a una madre, y he ofendido 
a una gran dama; esperaba una sonrisa, y en- 
cuentro una tormenta; pensé que gritaba el co- 
razón, y es que rugía el despecho. 

DUQUESA 

¡Te ordeno que te calles! ¡Vete!... ¡Lejos!... 
¡Que no te vea más! ¡Que no te oiga más! ¡Le- 
jos de mí! 

ROBERTO 

Llama a un criado para que me ponga a la 
puerta de la calle. ¿Yo, qué soy? La vergüenza 
viva; el recuerdo insultante; el remordimiento 
brutal... Soy el bastardo. 



LA ENEMIGA— 14" 



DUQUESA 

iMe insultas! 

ROBERTO 

Te juzg"o. 

DUQUESA 

¡No tienes el derecho! 

ROBERTO 



Tengo el dolor... mamá. 



DUQUESA 

¡Basta! Pues Ó3^eme. Había jurado no hablar 
nunca. No hablarte nunca de lo que tú llamas 
la impureza de tu nacimiento. Y por tu culpa, 
y por esta curiosidad luya implacable, y por el 
torpe insulto que acabas de hacerme, falto ala 
promesa hecha a unos ojos que morían, y he- 
cha con la mano puesta sobre el Crucifijo... 
¡No importa! Te han dicho una mentira que me 
mancha; voy a decirle una verdad que me re- 
dime. 

ROBERTO 

Mamá... 



148— DARÍO NICODEMI 



DUQUESA 

Déjame hablar; no tendré el valor de acabar 
si me interrumpes... 



ROBERTO 



¡Pero es mi martirio!. 



DUQUESA 

¿Y el mío?... Yo era pura. ¿Has oído? Pura 
como la pureza misma cuando conocí al du- 
que... y él fué el único hombre de mi vida; el 
único amor de mi corazón... ¡Cállate!... Se opo- 
nía un obstáculo a nuestra unión; un obstáculo 
que los míos creían insuperable. El duque, aun 
casándose conmigo, no quería abandonar a un 
pequeñuelo... aun niño que tuvo... ¿De quién?... 
no me preocupó nunca averiguarlo. 



ROBERTO 

jBasta... basta! 

DUQUESA 

Has á^ escucharme hasta el final. 



LA ENEMIGA— 149 



ROBERTO 

Me vas quitando, poco a poco, la vida que 
tenía. 

DUQUESA 

Tu padre te adoraba porque eras hermoso 
como un ángel. Y yo, por amor hacia él, por 
exaltación de juventud, por locura de genero- 
sidad, rompí con los míos. Huí con tu padre... 
Y fuimos a casarnos, lejos. Y al jurarle fideli- 
dad y amor, le juré además que sería tu madre; 
le juré que te consideraría como al mayor de 
nuestros hijos, aunque nacieran otros. Así lo 
quise. Así se cumpUó legalmente, irrevocable- 
mente. Y nacieron tus hermanas. Nació Gas- 
tón. Y poco después sobrevino la gran desgra- 
cia de mi vida. Me quedé sola con vosotros cua- 
tro... a los veintitrés años. Dios me es testigo: 
te quise siempre; no hice diferencia de cariño, 
de cuidados, de solicitud entre vosotros, nun- 
ca... Hasta que llegó el día de tu mayor edad, 
y me pareció que se cumplía un plazo terrible: 
el plazo que Dios se había reservado para cas- 
tigarme. Fué ver, de pronto, todo el daño que, 
por ti, el desconocido de mi cuerpo, el intruso 
de mi vida, le había hecho a mi hijo, al único, 
al verdadero. Desde antes de nacer, había de- 
cretado en contra suya, aquella usurpación de 
bienes, de honores y de nombre. Y entonces... 
Entonces, a pesar de mi devoción a una memo- 



150- DARÍO NICODEMI 

ria sagraca, a pesar de mis juramentos, a pesar 
de todo, poco a poco... por una fuerza brutal 
de mi instinto, por una protesta irresistible de 
mis entrañas, por una inversión espantosa de 
mi voluntad, me odié a mí misma que había ido 
más allá de mi deber; odié mi maternidad arti- 
ficial, falsa; y empecé a cometer el delito de 
odiarte a ti también... Y tú, tú, tú, desde aquel 
momento, parece que hayas hecho adrede todo 
lo posible para que te odiase más y más. ¡Sí, 
tú, tú!... Porque, no contento con lo que la ley 
te daba, me has despojado de todo, de todo, sin 
piedad. Me había reconciUado con mi madre, 
y tú me la quitas; porque ella, aun sabiendo, 
contra todas las exigencias de la sangre, no te 
quiere más que a ti. Pensé darle a Gastón un 
ángel de mujer, que habría sido su compañera 
divina y una esperanza de felicidad; pues tú 
me la quitas, porque no te quiere más que a ti. 
Para acallar como puedo mis remordimientos 
y mis odios, me refugio en el cariño de Gastón, 
y tú me lo quitas, porque no te quiere más que 
a ti... ¡Todo y todos!... ¡La vida entera delira 
por ti! Aborrezco tu inteligencia, tu hermosu- 
rav tu bondad, tu superioridad... ¡Creo que lle- 
gar a decirte, a echarte en cara, por ñn, que te 
odio, es la única alegría que me has dado des- 
de que eres hombre! Y te odio, por odio, y por 
miedo de llegar a quererte demasiado, ¡también 
yo, también yo! como todos los demás. ¡Sí, te 
odio!... Pero mira, mírame llorando, arrancán- 
dome el alma, golpeándome el pecho hasta 
abrírmelo, de rodillas, pidiéndote que perdones 



LA ENEMIGA -151 

mi maldad, mis miedos y mis odios... Y debes 
perdonarme... y vas a perdonarme... porque no 
es mi culpa, ¡no es mi culpa!... ¿verdad? ¡Por- 
que es una maldición suprema que me hiere, 
una injusticia divina contra la que yo no puedo 
nada^ nada, nada! 

Y caída por el suelo, solloza 
desesperadamente. 



ROBERTO 

¡Déjame que te llame como antes! Mamá... 
porque si no... ¿a quién voy a llamárselo, des- 
de hoy?... ¿Me dejas? ¡Mamá, mamá, mamá! 



TELÓN 



ACTO TERCERO 



La antigua capilla del castillo convertida en oratorio sencillísimo 
—y a medias en laboratorio— para las necesidades de la guerra. 
AÍ fondo, en el semicírculo del ábside, un diminuto altar. Algu- 
nos reclinatorios ante él. El oratorio, propiamente dicho, puede 
aislarse de la parte anterior de la escena, corriendo un pesado 
coninón de terciopelo rojo. Esta parte anterior de la escena es, 
en realidad, un salón, al que la austeridad del mobiliario, de los 
cuadros y de todos los demás detalles comunica marcadoaspec- 
to de sacristía señorial. La luz, que se filtra por los tres venta- 
nales góticos del ábside, es tenuemente dorada, beatífica. En el 
centro de la escena, f paralela a las candilejas, una gran mesa, 
cubierta de antiguo damasco rojo. A los extremos de la mesa, 
sendos sillones de alto respaldo. Aquí 3- allí, otras sillas llenas 
de madejas y paquetes de lana gris. 



ESCENA PRIMERA 



LA CONDESA, FLORENCLA, LUISA, MARÍA, 
MARGARITA J GERARDO 



FLORENCIA 



Junto a la mesa, distribuyen- 
do paquetes de lana a lastres 
muchachas. 



Ya tenéis para una buena semanita... Espe- 
rad que tome nota... 

Escribe en un libro-registro. 



154— DARÍO xMCODEMI 

Vuestros nombres... Luisa... María... Mar- 
garita... Van cinco kilos de lana para cada 
una... Y pongo para el sábado... Así tenéis 
ocho días completos. No me* faltéis. Trabajad 
con formalidad. Y apretad el punto... No es- 
catiméis la lana, que no ha de faltarnos. 

CONDESA 



.Sentada en o,l sillón del ex- 
tremo derecho y trabajando 
activamente. 



Florencia... ¿Quieres llamarme a Gerardo? 

FLORENCIA 

Ya lo creo. 

Se acerca a la puerta de la 
izquierda, llama y vuelve junto 
a las muchachitas. 

Sobre todo, exactitud, ¿verdad? Ya vais 
despachadas. 

LUISA 

Con muchísima timidez. 

Es que... si la señorita da su permiso, yo 
quisiera... 

FLORENCIA 

Vamos, adelante; explícate. 



LA ENEMIGA— 155 
LUISA 

Pues que si la señorita da su permiso... 

MARÍA 

¡Mujer, no te cortes! 

FL0RENCL\ 

¿Pero qué es? 

MARÍA 

¿Quieres que se lo diga yo? 

LUISA 

Sí, tú eres más descarada. 

MARÍA 

Gracias. Pues verá la señorita... Que ésta, 
Luisa, ha recibido carta de Carlos, su novio, 
que es soldado, claro, y que está en el frente... 
Pues ella quería mandarle una carta bien es- 
crita y diciéndole cosas bonitas. Pero hemos 
empezado a hacerla entre todas y llevamos me- 
dio día trabajando. Nos ha salido un ciempiés, 
que no es posible que lo entienda Carlos, aun- 
que sea un héroe. Así es que ésta, Luisa, que- 
ría pedirle a la señorita que... 



156— DARIO NICODEMI 



FLORENCIA 

¿Que escriba la carta?... ¡Con mil amores!... 
Lo mejor que sepa. 

LUISA 

La señorita es muy buena. 

FLORENCIA 

Veremos si soy buena para escribir una car- 
ta que diga cosas bonitas. No es tan fácil. Ha- 
gamos la prueba. 

Las tres muchachas rodean 
a Florencia, que se sienta al 
otro extremo de la mesa. 

GERARDO 

P2ntrando por la izquierda. 

¿Llamaba la señorita? 

CONDESA 

Yo, Gerardo... ¿Los diarios de París? 

GERARDO 

No han llegado todavía, señora condesa. 



LA ENEMIGA— 15' 



CONDESA 



¿Se ha mandado el automóvil a la estación; 



GERARDO 

Desde esta mañana está allí. Y además he 
preguntado por teléfono. Dicen que ha salido 
un tren de París; pero no pueden precisar a 
qué hora pasará por aquí. Ya no rigen los ho- 
rarios oficiales, señora condesa. 



CONDESA 

Estamos separados del mundo... Por Dios, 
Gerardo; se lo recomiendo a usted; estén al 
cuidado. Y en cuanto se vea el automóvil de 
lejos, avísenme ustedes para que pueda salirle 
al encuentro 3^ coger los periódicos antes de 
que vayan a manos de mi hija... ¿Ha compren- 
dido usted? No dejen ustedes de estar a la 
mira. 

GERARDO 

, La señora condesa puede confiar en nosotros. 
En la Torre hay constantemente alguien que 
observa. Y con los gemelos se ve el automóvil 
a más de cuatro kilómetros... ¿Manda algo 
más la señora condesa? 



158— DARÍO NICODEMI 

CONDESA 

Nada, gracias. 

GERARDO 

Olvidaba decirle a la señora condesa que 
desde la verja grande preguntan por teléfono 
si pueden recibir a la señorita Regnault. 

CONDESA 

Diga usted que sí... 



Sale Gerardo. 



¡Marta Regnault! No podías llegar en mejor 
ocasión... Voy a despacharme a gusto. 



FLORENCIA 

Y este es el final... Léelo... a ver qué te pa- 
rece. 

LUISA 

Lej'endo. 

«... Y ahora te mando mi amor y me fe en un 
beso mu}^ grande, tranquilo y perfumado como 
el prado donde nos dimos el último adiós. Este 



LA ENEMIGA — 159 

beso te dice en voz baja, muy baja: «viva nues- 
tro amor»; en voz alta, mu}' alta, «viva nues- 
tra patria». 

Conmovida besa la mano de 
Florencia. 



MARIA 

Señorita... ¿Querrá usted escribir mis cartas, 
cuando?... 



FLORENXIA 

¿Por qué no? ¿Tú también tienes un novio en 
el frente? 



MARÍA 

Dos... Yo tengo dos. El que me escogieron 
mis padres y el que me escogí yo misma. 



FLORENXIA 

Mientras estén lejos podremos contentarles 
a los dos; no te apures... Hasta el sábado... 
Que trabajemos mucho... ¿Y tú? ¿No tienes nin- 
gún héroe, tú? 



MARGARITA 



No, señorita. 



160— DARÍO NICODEMI 

MARÍA 

Puedo cederte uno de los míos, si quieres. 

FLORENCIA 

Sí; el que le escogieron sus padres. 

Entra Marta vistiendo el tra- 
je de la Cruz Azul. 

ESCENA II 

dichas: MARTA REGNAULT. PoCO dcSpUéS, GUIDO 
MARTA 

No llego sola, condesa. Viene conmig-o una 
visita ilustre. 

CONDESA 

¡Naturalmente! Si no fuera ilustre, no ven- 
dría contigo... ¿Y quién es? ¿Un duque, un prín- 
cipe? 

MARTA 

Ni más ni menos; un príncipe de la Iglesia. 

Entra Monseñor Guido. 



LA ENEMIGA— 161 



CONDESA 

Poniéndose en pie. 

iQué sorpresa! rTú aquí? ¿Pasa algo? 

« GUIDO 

Nada, prima, nada. Vuelve a sentarte. Una 
visita a los hospitales de la región me trajo 
cerca, y he querido entrar a saludaros. 

A Florencia y a las tres mu- 
chachitas, que se arrodillaron 
a su llegada. 

No interrumpáis vuestra labor por mi culpa. 
No debéis interrumpirla, ni siquiera para re- 
zar. En estos momentos, hijas mías, las plega- 
rias más gratas a Dios son éstas, de lana gris, 
en las cuales hiláis vuestros pensamientos, 
vuestras esperanzas y vuestras lágrimas... Ha- 
ced muchas plegarias así... Levantaos... Con- 
tinuad. 

Va tocando la frente de cada 
una. Las muchachas y Floren- 
cia salen. 

CONDESA 

A Guido. 

iVas a pasar unos días con nosotros? Si pue- 
des quedarte, mando que abran tus habitacio- 
nes en seguida. 

11 



162 — DARÍO NICODEMI 



GUIDO 



No. Deja estar... No creo que pueda que- 
darme. 



CONDESA 

Por lo menos, siéntate. 

GUIDO 

¿Y noticias de esos muchachos? 

CONDESA 

Ni buenas ni malas. Hace dos días que ni si- 
quiera llegan los periódicos. 

GUIDO 

Ana, ¿no está? 

CONDESA 

No hace mucho estaba con nosotras... Habrá 
ido a escribir. Es la hora. 



GUIDO 

¿Cómo está? 



LA ENEMIGA— 163 
CONDESA 

Como una madre que espera: mal. 

A Marta. 

¿Tú tampoco tienes noticias? 

MARTA 

Ninguna. Las cartas que escribe mi padre, 
desde París, no dicen nada. 

CONDESA 

Temerá que por una indiscreción suya nos 
enteremos de que ha}^ guerra en Europa. 



A Guido, que da grandes pa- 
seos por el fondo de la escena. 



¿Estás inquieto, Guido? 

GUIDO 

Cansado, prima. Esto}^ muy cansado. 

CONDESA 

Pues debes descansar un poco. 



Iò4- DARÍO NICODEMI 



GUIDO 



Tienes razón. Vo}^ a hacerlo. 



Entra en el oratorio y se 
arrodilla para rezar. 



FLORENCIA 



He dicho a la duquesa que había Helado su 
Ilustrísima... 



Viendo a Guido en el orato- 
rio, hace correr el cortinón. 



MARTA 



Me alegro mucho de poder saludar a la du- 
quesa. 



CONDESA 



Ya sabemos que nos dejas; que abandonas a 
tus heridos. 



MARTA 

Para ir a cuidar de otros, probablemente más 
graves. 

CONDESA 

¿Sí? ¿Dónde? 



LA ENEMIGA — 165 



MARTA 



No lo sé a punto fijo. Pero nuestro tren lo 
mandan al Norte. 



CONDESA 

Con los ingleses; estaba segura. 

MARTA 

¿Por qué, condesa? 

CONDESA 

Porque estaba segura. Como estoy segura de 
que no te trasladan; eres tú la que ha pedido 
ese traslado. 

MARTA 



Le aseguro a usted, condesa.., 



CONDESA 

Allí hay un sacerdote que reza; no digas 
mentiras. 



MARTA 

No sé por qué había de pedir... 



160— DARÍO NICODF.MI 



CONDESA 

Yo te lo digo; porque es más «chic» cuidar 
de los ingleses que de los otros... ¡Sí, hija mía¡ 
También la caridad tiene sus snobismos y sus 
modas. Tú haces bien marchándote al Norte. 
Dicen que los hospitales ingleses son verdade- 
ros paraísos. ¿No te han contado la respuesta 
de un soldadillo nuestro a un médico inglés?... 
Lo habían transportado, por casualidad, a uno 
de esos preciosos hospitales, y el pobre mu- 
chacho admiraba asombrado los pijamas de 
seda, las zapatillas de piel fina, los <-^five o'clock^ 
y los juegos de aquellos heridos bienaventura- 
dos.— «¿Cómo estás?» le pregunta un día el Ma- 
yor a nuestro soldadillo.— «Voy mejorando, 
señor Mayor». — ¿No necesitas nada? ¿No quie- 
res nada?— «Sí, señor Mayor; quisiera ser heri- 
do inglés». Tenía razón, porque ser herido in- 
glés constituye un privilegio; y como yo me sé 
tus ambiciones de memoria, me parece natura- 
h'simo que vayas a cuidar de los privilegiados. 



MARTA 

Ya no tengo ambiciones, señora condesa. 

CONDESA 

Si no las tuvieras, seguirías modestamente 
aquí, en el sitio que Ana te habla señalado y 



LA EXEMIGA— 167 

donde eras útil de verdad. Pero ¿quieres que te 
diga francamente todo lo que pienso?... La no- 
bleza de Ing-laterra, con impulso unanime, ha 
cubierto las trincheras de nombres ilustres; su- 
pongo que regresarás de allí duquesa, por lo 
menos. 

MARTA 

No llevo otro propósito que ejercer la Cd- 
ridad. 

CONDESA 

¿Y te parece poco caritativo casarte con un 
duque, al que le falte un brazo o una pierna o 
cualquier otro pedazo de su cuerpo? Todo eso 
es caridad; y caridad con vistas al porvenir... 
De modo que te doy mi enhorabuena por anti- 
cipado. 

MARTA 

¡Cómo me alegro de ver que conserva usted 
su buen humor! 



CONDESA 

En vuestra caridad de «clase extra» encuen- 
tro detalles tan cómicos que no hay más reme- 
dio que tomarla a broma. Aquí está Ana. Ya 
te defenderé. 



U)8— DARÍO MCODEMI 



ESCENA III 

dichos: la duquesa y guido 

MARTA 

He venido a saludarla a usted, duquesa, y a 
pedirle sus órdenes para París... Y me escapo 
inmediatamente porque la condesa no me deja 
vivir. 

duquesa 

Sabía que te marchabas. Y lo siento. Tu de- 
serción inesperada me encuentra sin nadie de 
quien echar mano para ponerlo en tu lugar. La 
guerra había vuelto a reunimos, después de 
aquel alejamiento tuyo incomprensible, y es un 
dolor que te nos vayas otra vez. 

CONDESA 

Ella no tiene la culpa, pobrecilla... La man- 
dan, y obedece... ¿no es verdad? 

DUQUESA 

Buena sueile. Saluda a tu padre, de mi parte. 



LA ENEMIGA— 169 



MARTA 

No dejaré de hacerlo. Me voy, entre otras co- 
sas, para acercarme un poco a él. ¡Está tan solo 
el pobre viejo! 

CONDESA 

¡Angelical!... 

MARTA 

Mis mejores votos por sus dos ausentes queri- 
dos y por toda su casa de usted. 

DUQUESA 

Gracias, Marta. 

MARTA 

No quiero distraer a su Ilustrísima. Hágame 
el favor de recordarme a él y de pedirle para 
mí una bendición. 

CONDESA 



¿Cómo la quieres? ¿Nupcial? 



170— DARÍO NICODEMI 

MARTA 

No ha\' modo de aplacarla a usted... 

Saluda y sale. 
DUQUESA 

Se divierte usted atormentándola. 

CONDESA 

Es una cursi. 

DUQUESA 

Persigue su ideal; que Dios le dé fortuna. 

CONDESA • 

Si le da un marido, acierta más. 

DUQUESA 

¿Tiene usted cartas, mamá? Démelas usted... 
van a UevárselaSc 



LA ENEMIGA— 171 
CONDESA 

Sí, teng-0 varias... -[dónde las has puesto? 



Entra Guido viniendo del 
oratorio. Ana le sale al encuen- 
tro 5^ quiere besarle la mano. 
Pero él se lo impide: la abraza 
y la besa en la frente. 



DUQUESA 

¡Cuánto te agradezco que hayas reniJo a 
verme! ¡Tenía tanta necesidad de hablar con- 
ti 9;o!... 

CONDESA 

A Florencia, 

Nosotras nos llevaremos las cartas... ¿quie- 
res. Florencia? 



FLORENCIA 

Sí, condesa. 

GUIDO 

A Florencia. 



No se habla más que de ti por todas partes, 
hija mía... De tu celo, de tu dulzura... Pero no 
me extraña. Tienes la cara de un án£:el: es na- 
tural que tengas sus sentimientos. 



172— DAKÍO NlCODiìMI 



DUQUESA 

Fué una inspiración del cielo pedirle a su pa- 
dre que la dejara con nosotros. Es el ángel de 
nuestra caridad. 



CONDESA 

Y de nuestra organización. 

GUIDO 

Si quieres aceptar, como anticipo modesto 
de recompensa, la admiración de un viejo 
sacerdote, yo te la ofrezco de todo corazón. 

FLORENCIA 

Señor... 

Le besa la mano. 
CONDESA 

Ana, si tienes que hablar con Guido, danos 
tus cartas. 

DUQUESA 

Dándole una carta. 

Gracias, mania... Que vayan en seguida. 



LA EiNKMIGA— 173 



CONDESA 

Ahora mismo. 



^!ientras se dirigen a la puer- 
ta muestra a Florencia la carta 
de Ana. 



Gastón! 



FLORENCIA 



¡Siempre! 



ESCENA V 

DUQUESA y GUIDO 
DUQUESA 

Parece que ha^-as adivinado mis deseos, vi- 
niendo a verme. Iba a escribirte hoy mismo. 
Tengo necesidad de tus palabras y de tu vo- 
luntad. 

GUIDO 

¿Pues qué sucede, Ana? Te encuentro abati- 
da; estás desfigurada, pálida... ;qué sucede? 

DUQUESA 

Sucede... sucede, que ya no tengo paz, por- 
que no tengo valor. 



174— DARÍO MCODEiMI 

GUIDO 

No lo digas. 

DUQUESA 

Sucede que soy presa de un pánico que me 
corroe y me desgarra; pero que desgraciada- 
mente no tendrá fuerza para matarme... 

GUIDO 

¡Ana! 

DUQUESA 

¡Y estoy desesperada, precisamente, porque 
creo que seré capaz de resistir mi dolor! Tú no 
puedes imaginar lo que ha venido a ser mi vida. 
A las noches sin sueño, suceden los días sin 
descanso ¡siempre y continuamente!... Y sin 
embargo, procuro llenar estos días intermma- 
bles como puedo. Multiplico febrilmente mi ac- 
tividad. Hago el trabajo de diez personas. Ha- 
blo, discuto, pido, obtengo, doy, preparo, orga- 
nizo. Agoto mis fuerzas; y cuando caigo en la 
cama, con los nervios rotos, con las articulacio- 
nes doloridas, con la esperanza de un poco de 
sueño... ¡nada, nunca!... No es el sueño; es una 
inercia opresora llena de alucinaciones y de 
pánico. No puedo más. Quiero acabar de una 



LA ENEMIGA— 175 

vez. Quiero cerrar los ojos, el cerebro, el cora- 
zón; para no ver, para no saber, y, sobre todo, 
para no esperar... ¡Eso es lo horrible: esperar! 
Mi vida se reduce a la espera de una noticia 
que puede aniquilarme de un momento a otro... 
Y ya no puedo más... ¡Habíame tií! Siempre me 
había dado fuerzas tu palabra. Habíame: dame 
un poco de serenidad, porque no puedo más, 
créeme, no puedo más... 



GUIDO 

¡Ana! ¡Ana! No esperé nunca este espectáculo 
tan poco digno de ti... No te reconozco... Todos 
los días veo madres que no tienen tu nombre, 
ni tus tradiciones, ni tu riqueza; que no tienen, 
como tú, el deber de dar ejemplo; que no tienen, 
como tú, el consuelo supremo de hacer tanto 
bien; madres sin otro deber que el deber hu- 
milde de sufrir; pero lo cumplen más cristiana- 
mente que tú, porque no protestan. 



DUQUESA 

¡Yo seré más castigada que ninguna! ¡Yo su- 
friré más que ninguna! 



CxUIDO 

¿Qué vanidad es la tuya, hija mía? ¡No te en- 
vanezcas así, no te exaltes así, desdichada! En 



176— DARÍO NlCODEMl 

esta gran catástrofe, creerte una elegida, aun- 
que sea para el dolor, es pecado de orgullo... 
No caigas en él... Es el peor, el más cruel y el 
más indomable de todos los pecados... El orgu- 
llo es quien ha traído la ruina del mundo... El 
orgullo de poder, el orgullo de riquezas, el orgu- 
llo de fuerza, el orgullo de dominación, el orgullo 
de gloria, el orgullo de raza... Hasta el orgullo 
de fe; hasta el orgullo de civilización... ¡Sí, hija 
mía! La civilización, que es luz, llegó a una in- 
tensidad de resplandor tan grande, que cegó a 
los hombres... Y esa tempestad de orgullo es el 
pecado que todos expiamos. Y el castigo nos al- 
canza a todos por igual ¡a todos! Es como un 
nuevo diluvio que amenaza tragársenos; un dilu- 
vio más largo, más terrible que el otro; porque 
es de lágrimas y sangre. Nadie escapará al do" 
lor... Que si hoy surgiera un nuevo Noe, que 
como entonces construyera un arca, no deja- 
rían de inventar el arma submarina que la hun- 
diera, porque hoy la iniquidad ha llegado a la 
perfección... Y somos todos igualmente respon- 
sables ante esta muerte de la piedad... ¡No te 
envanezcas de tener que sufrir o de poder su- 
frir tú, más que los otros! ¡No es posible! ¡To- 
dos los que vivimos esta hora, quedaremos 
marcados para siempre! Y no habrá paz verda- 
dera para nuestras almas, Ana. Y nuestro con- 
suelo único radicará, de hoy más, en las pala- 
bras del Evangelio: «¡Nada es difícil a Dios!»... 
Recemos, Ana. Recemos para que no le sea di- 
fícil ni siquiera el milagro de hacer surgir el 
hombre nuevo, el hombre de mañana, más bue- 



LA ENEMIGA — 177 

no, más humilde, más g-eneroso, más humano. 
Esta noche, no tiene otro astro... Hazte fuerte, 
Ana; fuerte y humilde, en la parte de dolor que 
te ha correspondido!... ¡Y no te envanezcas!... 
¡Y no te desesperes!... ¡Y no grites!... Es inútil. 
¡El estrépito de la impiedad y de la fuerza llena 
el mundo; tu grito se perdería como una lágri- 
ma en una tempestad del mar!... Que tu con- 
ciencia de madre... 



DUQUESA 

¡Mi conciencia de madre es un remordimien- 
to en carne viva! 



GUIDO 

¡Descárgate de tus remordimientos! ¡Hablaj 
Ana! 



DUQUESA 

jTIe cometido un delito; peor, una infamia; 
peor, un sacrilegio!... ¡Sí!... Por eso vivo con 
la angustia y el recelo del castigo. Sé que lo 
merezco. Sé que no podré quejarme de injusti- 
cia cuando me hiera. Y por lo mismo no tengo 
la fuerza de esperarlo... Es necesario que ha- 
ble para poder respirar... Es necesario que ha- 
ble, aunque sé que no habrá misericordia 
para mí. 



178— DARÍO NICODEMI 

GUIDO 

Para cada pecado hay una misericordia. Ha- 
bla; dime la causa de esta tortura. 

DUQUESA 

He faltado a un juramento... 

GUIDO 

Si lo hiciste con propósito de bien... 



No. 



iAm 



DUQUESA 



GUIDO 



DUQUESA 



Espera... Me condenarás después. Tú esta- 
bas en casa el día que murió mi marido. Y en 
tu presencia le juré no hablar nunca a Rober- 
to de su origen... ¿Recuerdas? 



GUIDO 



Y recuerdo que murió agradeciendo y ben- 
diciendo tu bondad. 



LA EXEMIGA — 179 



DUQUESA 

Pues 03'e... Has de saber que en mi corazón 
se acumularon de tal modo los dolores, que me 
hicieron olvidarlo todo... ¡Espera! Vas a qui- 
tarme la fuerza que necesito para confesarme. 
No trato de justificar, sino de explicarte, de 
explicarme a mí misma, lo ocurrido... O^^e: Ro- 
berto, yo no sé cómo, yo no sé por quién, ha- 
bía sabido; pero había sabido mal; había sabi- 
do, culpándome a mí... 



GUIDO 

No te comprendo, Ana. 

DUQUESA 

Roberto se creía hijo mío... Es decir, hijo de 
una falta de mi juventud; hijo de un pecado de 
amor inconfesable... Y me lo dijo... ¿Compren- 
des? Me lo echó en cara. Entonces yo me defendí. 
Me defendí con excesiva crueldad... El terror 
de que un día, tal vez después de mi muerte, 
Gastón podría engañarse también, podría 
creer esa infamia y avergonzarse de mí, ese 
terror me hizo rugir, me hizo odiar en el acto. 
Y entonces, como si un demonio hablara por 
mí, le escupí a la cara al pobre muchacho 
lo que él era, lo que había usurpado^ lo que me 
había robado de maternidad y de amor, lo 



180— DARÍO NICODEMI 

que yo había hecho por él... ¡Todo!... ¡Todo! Y 
durante una hora le clavé en el corazón pala- 
bras de desprecio, de ira, de odio; palabras que 
la criatura no podrá olvidar, que no perdonará 
jamás... Y después... se me fueron los dos... 
La guerra insaciable se los llevó de casa... 
Partieron: Gastón, con una ilusión de gloria; 
el otro, con una esperanza de morir... Y des- 
pués, nada... La espera angustiosa, eterna del 
decreto de Dios que debe herirme. ¿Cuál será?... 
¿Cómo lo sabré?... ¿Cuándo?... ¿Por quién? 



GUIDO 

¡Humilla la frente, Ana!... Recoge en una 
plegaria todas tus fuerzas, todos tus ánimos, 
porque en la expiación serás perdonada por 
Dios... 



DUQUESA 



¿Qué quieres decir? ¿Qué? 



GUIDO 



No preguntes. Ve a rezar primero. ¡Ve a pe- 
gar tu frente contra la piedra del altar y pide 
al Redentor de todas las culpas, de todos los 
pecados, la fuerza!... 



LA ENEMIGA— 181 



DUQUESA 

|No! ¡Me estremeces! ¿Por qué has venido 
aquí, hoy?... 

Casi corriendo entran la con- 
desa y Florencia. 



ESCENA V 



dichos: la condesa, Florencia 



Después, GERARDO 



CONDESA 



Ana!... ¡Ana! 



DUQUESA 

¿Qué? Mamá... ¿Qué tenéis? 

CONDESA 

Tal vez nada... malo. Tal vez una buena no- 
ticia... 

DUQUESA 

¿Pero qué? ¿De quién? ¡Plablad, por favor! 



182 — DARÍO NICODEMI 



CONDESA 



Estábamos en la Torre... Esperábamos ver 
llegar el automóvil de la estación, con los pe- 
riódicos... Y de pronto... No puedo... Estoy... 

No puedo. 



FLORENCIA 



Y de pronto descubrimos un automóvil gris, 
grande, mu}^ bajo... que viene aquí... segura- 
mente. Y hemos visto que lo lleva un soldado... 
Nadie más... Un soldado únicamente. 

Ana echa a correr. 
GUIDO 

¡Ana, quédate, aguarda! 

DUQUESA 

¿Por qué? ¡Tú sabes!... ¡Tú sabes!... 

GUIDO 

Abrazándola. 

Sé... ¡Dios sea contigo en este momento! 

Mostrándole un telegrama. 

Es del ministro de la Guerra... ¿Quieres? ¿Te 
sientes con fuerza? 



LA ENEMIGA— 183 



DUQUESA 



Sí. 



Con un esfuerzo sobrehu- 
mano. 



GUIDO 

Leyendo lentamente. 



«Ruego a Su Ilustrísima transmita a la du- 
quesa de Nièvres, a quien no tengo el honor de 
conocer, mi respetuoso pésame por la gloriosa 
muerte de su hijo». 



¿Cuál? 



DUQUESA 

Con arranque irresistible. 

GUIDO t 



¡Ana! ¡No mereces perdón de Dios, si no ca- 
llas delante de la muerte! 



DUQUESA 

¡Sí... sí... tienes razón!... Mírame... a tus 
pies... a tus pies... ¿Estás contento?... ¡Por mi 
culpa, por mi culpa, por mi culpa! 



1S4— DARÍO NICODEMI 

GERARDO 

Precipitándose. 

Señora duquesa, señora duquesa... 

DUQUESA 

Levantándose de un salto. 



[Quién? 



Entra Roberto. 



ESCENA VI 



DICHOS menos Gerardo. Roberto 

FLORENCIA Y CONDESA 



DUQUESA 



Roberto! 



Lo contempla un instante, 
sin fuerza para hablar ni llo- 
rar. 



¡Tú!... ¡Tú!... Entonces mi pequeño... Mi po- 
bre... Enton... ¡Dios mío, Dios mío, no creas 
que no lo esperase! Lo sabía... ¡La pena ma- 
yor!... ¡Tenía el corazón cleshecho, porque lo 
sabía! 



LA ENEMIGA— 185 



ROBERTO 



Se le acerca lentamente, 
mientras Guido, la condesa y 
Florencia se arrodillan a los 
pies del altar. 



Me dijiste una vez que la vida deliraba por 
mí... 



DUQUESA 

No me lo recuerdes... Ten compasión... 

ROBERTO 

Puedo jurarte que yo no deliro por ella. He 
cumplido mi deber desesperadamente. Y vol- 
veré a cumplirlo. Pero el destino me ha desde- 
ñado, y ha añadido a todos mis remordimien- 
tos el de estar ahora aquí, en lugar de Gastón ... 
Yo sé que si él hubiera venido a traerte mi úl- 
timo pensamiento, tú habrías sido menos infe- 
liz... No es culpa mía; perdóname. 

DUQUESA 

No me castigues demasiado tú también. 

ROBERTO 

yn rasguño de nada, aquí, en el hombro, me 



iSh— DAKÍO NICODEMI 

ha valido una licencia de pocas horas. Debo 
regresar a mi puesto... Pero he atravesado 
Francia para venir a traerte su ultimo beso y 
su ultima palabra. 



DUQUESA 

¡Dimela!... ¡Dimela! 

ROBERTO 

Una palabra sencilla y dulce, en la que cabe 
todo... Es la palabra humilde, pequeña, que 
millares de hombres, en aquella furia horren- 
da, dicen al morir... o la piensan, si no les dan 
tiempo de decirla... Es la palabra que yo diré 
también, con más pena que nadie, porque no 
sabré a quién decírsela, a quién mandársela... 
Es la última palabra de Gastón. 

DUQUESA 

¡La espero como un perdón tuyo!... ¡Dila! 

ROBERTO 

Mamá.,. 



LA ENEMIGA— 187 



DUQUESA 



Echándole los brazos al cue- 
llo, frcnéticaraeiu©. 



iOtra vez!... ¡Otra vez! 

ROBERTO 

¡Mamá... mamá... mamá! 
TELÓN 



BIBLIOTECA HISPANIA 



OBRAS PUBLICADAS 

COLECCIÓN HISPANO- AMERICANA 

Pesetas 

Primera parte de la Historia del Peni, 
por Diego Fernández, el Palentino, to- 
mos I y II, cada volumen en 4.°. 7,50 

Corona Mexicana .—Historia de los Motezu- 
mas, por el P. Diego Luis de Motezu- 
ma, en 4.^, 512 páginas 7,50 

COLECCIÓN ROSA PARA LAS FAMILIAS 

Geiiovera, novela, por Alfonso de Lamartine, 

378 páginas en S.° 3,00 

La Leyenda Dorada (Vidas de Santos), por 
Jacobo de Voragine, tomos I y II, cada 
volumen 3,00 



SECCIÓN GENERAL 

Pesetas 

Lámparas votivas, poesías, por Francisco 

Villaespesa 3,00 

Coiiio buitres. . . , por Manuel Linares Rivas, 3,00 
La fuerza del maU por Manuel Linares Rivas 3,50 
Obras completas, por Manuel Linares Rivas. 
Tomo I: La Cizaña, Aire de fuera, Por- 
que si. — Tomo II: El Abolengo, María 
Victoria^ Lo posible. — Tomo III: La es- 
tirpe de Júpiter, Cuando ellas quieren.... 

En cuarto creciente, cada tomo 3,50 

Tapices viejos, por Eduardo Marquina 3,50 

Frente al mar, por José López Pinillos (Par- 

meno) 3,00 

Coplas, por Luis de Tapia 2,50 

Don José de Espronceda: su época, su vida 

y sus obras, por José Cáscales Muñoz. . . 4,00 
La Política de Capa y Espada, por Eugenio 

Selles 5,00 

La Negra, por Pedro de Répide 1 ,00 

El horror de morir, por Antonio de Hoyos 

y Vinent 1,00 

La Garra (segunda edición), por Manuel Li- 
nares Rivas 3,00 

Barrio Latino, ^^ox Federico García Sanchíz. 3,00 
La espugna del chaynpagne, por Manuel Li- 
nares Rivas 3,50 

La guerra palpitante 3,00 

Una mancha de sangre, por Joaquín Belda. 1,50 
El Monstruo, por Antonio de Hoyos y Vinent 3,00 



Pesetas 

La Cocina racional, por Magdalena S. Fuen- 
tes 3,00 

Mi Venus, por Joaquín Dicenta 1 ,00 

Fa>it asmas, por Manuel Linares Ri vas 3,00 

Fatal dilema, por Abel Botelho, tomos I _v II, 

cada volumen 2,50 

Afios de miseria y de risa, por Eduardo Za- 

macois 3,50 

Presentimiento, por Eduardo Zamacois 1 ,50 

La Leona de Castilla, por Francisco Villa- 
espesa 3,50 

El Paraíso délos solteros, por Andrés Gon- 
zález Blanco 1,00 

Al soii de la guitarra, por Federico García 

Sanchíz 2,00 

Toninadas, por IManuel Linares Rivas 3,50 

Una vida ejemplar, por Diego San José 1,50 

La enemiga, por Darío Nicodemi 3,50 



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